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«A Roma con amor»: Fellini descompensado

Críticas

«A Roma con amor»: Fellini descompensado

«A Roma con amor» está marcada por una irregularidad que trata mejor a unos personajes que a otros, que mima más unas historias que otras. Lo mejor, sus guiños fellinianos y la extraña seducción que consigue el personaje de Ellen Page.

En «El Jeque Blanco» (1952), segundo largometraje de Federico Fellini, una pareja de prometidos llegaba a Roma para las correspondientes presentaciones familiares y, de paso, conseguir la bendición del mismísimo Papa en una audiencia en el Vaticano. Ella, ingenua y apasionada de las fotonovelas, se escapaba para conocer a su ídolo particular, el ‘Jeque Blanco’, para acabar decepcionada ante la vulgar personalidad del actor. Ocho años más tarde, «La dolce vita» (1960) contenía otra decepción, quizá la más cruel del cine del director: una viuda que todavía no sabe que lo es, avasallada por un tropel de fotógrafos en busca del gesto trágico, mientras ella sonreía sorprendida antes de conocer la noticia; un instante de vanidad antes del drama en directo.

Confeso admirador de Fellini, Woody Allen ya había invocado al maestro de Rímini desde los comentarios de un cretino en la cola del cine de «Annie Hall» (1977) o desde el reajuste de «Fellini Ocho y medio» (1963) a su propia persona, en «Recuerdos»  (1980). Era de esperar que en «A Roma con amor» (ver tráiler y escenas) primera incursión romana en la filmografía del director, la referencia fuera inevitable. Y lo es, sin ser escandalosamente obvia: el argumento de «El Jeque Blanco» y el acoso inesperado de los paparazzi aparecen reciclados como dos de las subtramas que componen esta comedia coral y ligera. En la primera, el recorrido en paralelo de la inocente pareja funciona mejor vía las emociones que emana el rostro de Alessandra Mastronardi que con las contraposiciones salvajes entre la familia del novio y la prostituta interpretada por Penélope Cruz. En la segunda, un desangelado Roberto Benigni comprueba de primera mano la esencia de la fama, el vacío relleno de vanidad y celebración pública, tan repentina como caduca.

Ambas líneas argumentales expresan también el problema del conjunto, este es, su tendencia al desequilibrio. En el primer caso, la deriva del guiño felliniano hacia un atropellado y poco convincente enredo de alcoba. En el segundo, la inclinación a alargar el chiste hasta agotarlo, algo que también sucede con la broma de ese Caruso que sólo es capaz de cantar en la ducha. «A Roma con amor» no presume ni reniega de su levedad general —tampoco renuncia a ciertos clichés de la italianidad—, pero está siempre marcada por una irregularidad que trata mejor a unos personajes que a otros, que pone más mimo en unas historias antes que en otras, sin posibilidad de que entre la descompensación brote la genialidad. Y eso que la película, ciertamente, tiene un corazón por el que no acaba de decidirse: el enamoramiento supervisado —por un fantasmal, fabuloso Alec Baldwin— del arquitecto interpretado por Jesse Eisenberg hacia la amiga de su novia, una Ellen Page que destruye arquetipos como tentación para resultar, entre la fascinación y la impostura, extrañamente seductora.

Calificación: 6/10


Imágenes de «A Roma con amor», película distribuida en España por Alta Classics © 2012 Mediapro, Medusa Film, Gravier Productions y Perdido Produtions. Todos los derechos reservados.

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