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«Abel»: El vacío del padre fugado

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«Abel»: El vacío del padre fugado

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Un cuento moral que mira a la ausencia paterna con dolor y un punto de humor. Pese a lo irregular de su guión y lo frío de su puesta en escena, consigue un retrato humano y social que anuncia un prometedor futuro para su director Diego Luna.

El actor mexicano Diego Luna debuta como director de ficción con “Abel”, y lo hace acercándose a una realidad que conoce bien y que le permite aportar veracidad a las imágenes. El abandono paterno del hogar familiar es el núcleo de este drama que trata de explicar las dificultades de la mujer para sacar sola adelante a los hijos, y de estos para crecer sin la autoridad y el cariño que el padre debe aportar. Ese es el ambiente de la familia de Abel, un crío de nueve años que ingresó en un hospital psiquiátrico al poco de irse su padre y que, al volver unos días a casa, trata de suplantarle cuando contempla el caos que allí reina. El desconcierto y la comicidad al ver a este niño con poses paternales y autoritarias están servidos, lo mismo que unas situaciones esperpénticas que son continuas, pero también la gravedad y dolor de una familia rota por la irresponsabilidad del progenitor.

La ausencia del padre y sus secuelas es un tema muy visitado por el cine, aunque Diego Luna le da un toque personal al acercarse a la realidad social de su país y mirar al sueño americano que tienta a más de uno. Además, es original esa óptica del hijo que, en su enfermedad y de manera refleja, trata de sustituir al padre en sus funciones, procurando dar a su madre y hermanas lo que a él le faltó. Por su comportamiento y palabras el espectador conoce al padre que se fue… antes de que este vuelva y cuente sus andanzas en torno a una botella de alcohol. De alguna manera, el Abel que da cariño a su madre —a quien ve como su mujer—, consuela a su hermana mayor tras un desencanto amoroso o  arrastra a su hermano pequeño a la piscina —una liberación suicida que resulta confusa— no es sino el retorno de un ángel bueno que viene a ocupar el puesto de esposo y padre.

Si el tema es interesante y el planteamiento sugestivo, la puesta en escena resulta un tanto fría y distante, tanto como las relaciones entre la madre y su hijo —en las primeras secuencias parece una madre de hielo, poco creíble— o entre los hermanos. La manera de seguirle la corriente para no provocarle ataques o la transformación de cada uno con esa presencia paterno-infantil… carece de convicción, y está muy lejos de la gran “Lars y una chica de verdad” (Craig Gillespie, 2007), donde se daba algo semejante. Quizá la causa esté en unas interpretaciones siempre a expensas de la historia, pero que permanecen como en otra realidad con la que cuesta sintonizar, sin llegar a crear momentos de emoción auténtica —cuesta creer en ese niño con maneras adultas— y sólo alguno de intensidad dramática.

Un guión irregular en el que falla ese añadido de las aventuras extra-conyugales que busca aumentar la crisis familiar —con un dramatismo verbal no trasladado a la escena—, pero que se sostiene bien gracias a unos oportunos giros narrativos que hacen que la historia no se empantane. Por lo demás, una correcta planificación y una buena ambientación fotográfica, junto a una banda sonora que es clave a la hora de lograr el toque cómico. Presente en Cannes y San Sebastián —donde se llevó el Premio de la Juventud, este cuento moral mira a la ausencia paterna con dolor y un punto de humor, y hace un retrato humano y social que anuncia un prometedor futuro para su director.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “Abel” – Copyright © 2010 Canana. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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