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«Almanya: Bienvenido a Alemania». Costumbrismo (trans)nacional

Críticas

«Almanya: Bienvenido a Alemania». Costumbrismo (trans)nacional

«Almanya: Bienvenidos a Alemania» es una celebración de la integración de la identidad germano-turca sin una sola sombra. Una película blanca, inocua y complaciente que persigue torpemente la estela costumbrista de Fellini o Kusturica.

Hay un cine empeñado en convencernos de que hablar de inmigración hoy es hablar desde el prisma eternamente amable, buenrollista y jovial pero ligeramente dramático que auto legitima ficciones en las que no hay margen —o al menos, un margen consistente— para hablar con conocimiento causa de esa identidad transnacional y líquida, del choque cultural y la celebración del mestizaje y las raíces con algo más que una pieza de costumbrismo tan simpático como, en el fondo, adocenado. Es la comedia ligera de Fatih Akin en «Soul Kitchen» (2009) —uno de los referentes más próximos en el tiempo al plantear la cuestión de la identidad germano-turca—, y también la crónica inmigrante de «Almanya: Bienvenido a Alemania» (ver tráiler), relato de una familia de orígenes turcos en su adaptación a la sociedad alemana, previa a la nostalgia por los orígenes anatolios.

A partir de la propia historia familiar de las hermanas Yasemin y Nesrin Samdereli —directora y guionista y guionista, respectivamente— esta nueva incursión en el terreno no dirá una palabra más alta que otra en esa tradición inocua, aquí derivada hacia la gramática más oficialista y sumisa a la política merkeliana. Lo que, en cierto modo, la convierte en una película algo cobarde, además escudada en una suerte de expresionismo en el que iría a la cola del Federico Fellini reinventor de la memoria personal y del Emir Kusturica —atención a la banda sonora de fanfarrias— en busca de la memoria colectiva por cauces similares. En un final significativo de la complicidad que busca insistentemente el filme para con el espectador, éste abusa de un recurso que ilustra de forma evidente el reencuentro de los personajes con su yo infante, sin que el recurso en sí encuentre más justificación que la de asaltar las lágrimas del palco antes de dar paso a los créditos. Es una culminación que no debería hacer olvidar los ramalazos de virtuosismo estético que, por ejemplo, en algún momento acercan la cinta al Jean-Pierre Jeunet más ensoñador —la escena de las botellas de Coca-Cola—, pero que entierra méritos anteriores poniéndose al servicio de la nostalgia tramposa y un populismo orgulloso con el beneplácito de la canciller.

En «Everything is illuminated (Todo está iluminado)» (Liev Schreiber, 2005), Jonathan Safran Foer/Elijah Wood descubría el extrañamiento implícito en toda arqueología de las raíces. En «Borat» (Larry Charles, 2006), Sacha Baron Cohen exorcizaba de la forma más violenta e incómoda imaginable los estereotipos transnacionales, a través de la comedia sin visos de corrección política como terapia de choque —cultural—. En «Almanya: Bienvenidos a Alemania», uno termina por preguntarse si ese retrato blanco y complaciente de las vicisitudes germano-turcas —o turco-germanas— no estará fundando un nuevo subgénero en el que cualquier atisbo de introspección crítica merece ser tratado —y erradicado— como accidental impureza en el conjunto.

Calificación: 5/10

Imágenes de «Almanya: Bienvenido a Alemania», película distribuida en España por Golem © 2011 Beta Cinema, Roxy Film e Infafilm.  Todos los derechos reservados.

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