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«Año uno»: Nostalgia de los Python

Críticas

«Año uno»: Nostalgia de los Python

Es, sencillamente, incapaz de asumir la irreverencia desde el mismo corazón de su narrativa, de rebelarse contra algo más allá de las buenas formas. La sensación es de suma poco armonizada, de sucesión desigual de gags más o menos afortunados.

Avalada por la producción de Judd Apatow y la dirección de Harold Ramis, «Año uno» propone una nueva reutilización de la historia y los relatos bíblicos como fuente para la comedia. En ella, dos amigos y perdedores, repudiados por los de su tribu debido a su probada inutilidad para las dos únicas labores oficiales (caza y recolección), se encuentran desterrados a un viaje repleto de calamidades e infiernos particularmente propiciados por la tradición bíblica: una odisea marcada por el despropósito en la que sus dos protagonistas tienen desafortunados encuentros con Caín y Abel, Abraham e Isaac, y hasta prueban suerte como guardias al servicio de Roma en la pecaminosa ciudad de Sodoma.

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Está claro que tal recorrido era un sendero fértil para la explotación de tanto lo mejor del sello Apatow como para recuperar al mejor Ramis. Pero los personajes incorporados por Jack Black y Michael Cera no parecen sino una exclusión en los borradores de cualquiera de los autores mencionados: del humor de la Generación Apatow, «Año uno» toma de entre lo más accesorio, el chiste de índole sexual y explícita que sólo de tanto en tanto logra alguna línea perdurable; Ramis, decidido a la comedia abiertamente intempestiva y al juego de la imprecisión histórica, queda bien lejos de sus jugadas más certeras, aquellas que implicaban a individuos psicológicamente torturados y desbordados por rutinas contemporáneas («Atrapado en el tiempo», «Una terapia peligrosa»). Bien al contrario, la sensación aquí es de suma poco armonizada, de sucesión desigual de gags más o menos afortunados, durante la primera mitad, y de evidente agotamiento de la inventiva (y de su trama), cuando afrontamos la segunda ya en la ciudad de Sodoma.

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Así pues, «Año uno» hace casi inevitable el recuerdo de «La vida de Brian», aquella gloria del absurdo y brillante relectura de la vida de Jesucristo que llevaran a cabo los Monty Python. La película de Ramis palidece en la comparación desde su altísima irregularidad y desde su adscripción a más tópicos y lugares comunes de los que nos gustaría (la subtrama romántica, la previsible proclamación final del proscrito en salvador de la comunidad y el discurso de este sobre la autenticidad de cada individuo, forzado cuando nos acordamos del espontáneo optimismo en la conclusión de «La vida de Brian»). Es, sencillamente, incapaz de asumir la irreverencia desde el mismo corazón su narrativa, de rebelarse contra algo más allá de las buenas formas (ni siquiera la ingestión del excremento, tan deudora de John Waters, consigue que lo olvidemos). Y esa cierta cobardía, mal que pese, no se salvará con incursiones eventuales de Paul Rudd o Christopher Mintz-Plasse, nombres ya ineludibles de la comedia actual aquí asumiendo dos secundarios que funcionan, sin muchos problemas, como eventuales gags. Por su parte, Black y Cera acaparan la mayor parte del metraje con interpretaciones a medio gas y sin demasiada química, confinados ambos a los roles que mejor saben desempeñar y quizá conscientes de que la ocasión no es la propicia para nada nuevo.

Calificación: 4/10

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