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«Antiviral»: Pro-Cronenberg

Críticas

«Antiviral»: Pro-Cronenberg

La primera incursión de Brandon Cronenberg tras las cámaras toma los leitmotivs del cine de su padre para hablar de obsesiones tecnoeróticas, y para dibujar un mundo higiénico en el que se celebra el cultivo de la enfermedad y el culto a la fama.

A Brandon Cronenberg le desagrada que comparen su ópera prima con la obra de su padre. Un recelo que se nutre de la misma paradoja que el título de su película: «Antiviral» (2012) ilustra en monocromo, con progresivas salpicaduras de sangre, un mundo futurista o paralelo, remedo de manías y terrores de germen contemporáneo. Allí habitan personas que asumen la cotidianidad de sus conocimientos limitados, que se enfrentan a una batalla entre la carne y la máquina que sólo puede terminar en fusión; una modernidad high tech que concilia el pánico y la atracción erótica y suicida hacia lo destructivo, o esos virus cultivados en el organismo de protagonistas de la prensa rosa que compañías pulcras y elitistas venden a fans enfermizos.

La enfermedad es, pues, motor y vientre materno del discurso ideado por Cronenberg hijo, en parte como fruto de influencias paternas depositadas en su esencia, en parte porque la película también se enferma a sí misma, aumentando los niveles de turbación visual -y las convulsiones de una narración por momentos demasiado contemplativa, y la tos entrecortada de un elegante ci-fi que se torna thriller conspiratorio de forma menos llamativa-. El fantasma cronenbergiano hace tanto ruido dentro de la casa de su descendiente que quizá lo que le molesta a éste es que le recuerden esa convivencia. En todo caso, es innegable el peso que los códigos mitológicos del director de «Scanners» (1981) ejercen sobre «Antiviral», una historia en la que la infección resulta más atractiva ─la innecesaria obsesión de la cámara por los planos de agujas, la belleza de los tulipanes rayados enfermos─ que su cura.

La nitidez de su trama, encaminada al espionaje y las esperanzas truncadas, se sitúa en una línea paralela al cine de Andrew Niccol, pero la estrechez moral de una propuesta blasfema ─que la población llegue a comulgar con las celebridades inoculándose sus mismas enfermedades y comiendo bistecs de células cultivadas─ podría haber encajado en las mecánicas de la serie británica «Black Mirror» (2011), y avanza una mirada absorbente de estudiado minimalismo. Caleb Landry Jones hace convincente este descenso al amor por las patologías, y tiene en Sarah Gadon, habitual de las últimas producciones de David Cronenberg, la bella y gélida réplica a su cuerpo cada vez más debilitado. Podría ser un romance entre lo cadavérico y la vida que pelea con sangre y fiebre por vencer, aunque la lucha principal sea la de Brandon, inmutable ante la evidencia de que sin «Crash» (1996) o «eXistenZ» (1999) su primera cinta no habría sido igual de buena.

Calificación: 7/10

Imágenes de “Antiviral” © 2012 Rhombus Media. Todos los derechos reservados.

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