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«Arrástrame al infierno»: Diversión infernal

Críticas

«Arrástrame al infierno»: Diversión infernal

«Arrástrame al infierno» es un nuevo festín de género de parte del autor de «Posesión infernal». Un ejercicio liberador y liberado, casi tan desbocado como uno podía imaginar, sin duda tan endemoniadamente divertido como uno cabría esperar.

En 1981, un jovencísimo Sam Raimi firmaba «Posesión infernal», joya renovadora del terror que proclamaba su autoría desde el gore verbenero, la consciencia de la parodia y la desinhibición de tripas, hectolitros de sangre y grosería salida de madre. En resumen, un festín de género protagonizado por un Bruce Campbell con luz verde para acometer todo exceso de histrión. «Terroríficamente muertos» y «El ejército de las tinieblas» le siguieron mucho antes de que Raimi sólo fuera conocido por ser «el director de las películas de Spider-Man», engullido sin remedio por la gigantesca identidad cultural del superhéroe, superado como cineasta por el inabordable circo de las expectativas. Así, no es de extrañar que el señor Raimi acabara incurriendo en un ejercicio de lejos más gratificante, uno liberador y liberado que, en su caso, pasa por un retorno a sus comienzos como autor.

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«Arrástrame al infierno» es ese ejercicio, casi tan desbocado como uno puede imaginar, sin duda tan endemoniadamente divertido como uno cabría esperar. La idea de que su protagonista, Christine Brown (Alison Lohman), sufra su maldición como consecuencia de los avatares de la crisis económica, insufla a la cinta una cierta ironía que, aunque quizá no intencionada, no deja de ser una alentadora premisa hacia el desmelene gore. Y cuando este llega, uno sabe que Raimi ha puesto todo su empeño en restituir el espíritu «Evil dead», dando con una demente sesión de espiritismo o un antológico cuerpo a cuerpo en el aparcamiento entre Alison y la zíngara que le maldijo. Hay, incluso, un impagable momento en el que irrumpe un elemento tan cartoon como un yunque, para resultar en la perfecta comunión entre el asco y la carcajada y alcanzar otra cumbre del estupendo trabajo de Gregory Nicotero. Pero, en fin, también hay cierta sensación de la pérdida del hallazgo, del descubrimiento del terror underground y bufo que aquí se sustituye por la serie B como imposición, no como condición. Lo sabemos, pero no debe ser óbice para el disfrute de lo que, en el peor de los casos, es un excelente autohomenaje.

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En «Arrástrame al infierno» el terror es más que nunca una excusa para la comedia, menos una razón de ser acorde a la misma. O lo que es lo mismo, Raimi plantea su filme como divertimento pasajero, como suma de gags, de gamberradas varias de diversa fortuna. Pero «sólo» como eso. Hay una infinita crueldad para con su protagonista (víctima de una pasión enfermiza del realizador por el vómito) y un sabotaje a la alta burguesía (la comida con los padres del novio). Hay un tanto de terror vía móvil (fugaz comentario-parodia de su transferencia como consumo rápido a otros soportes tecnológicos) e incluso autoparodia de los propios derroteros narrativos (la solución del botón, propuesta tras la sesión de espiritismo). Sin embargo, no hay el imposible in crescendo de demencia, el excelso despiporre de «Posesión infernal» que significaba su excepcionalidad y que aquí, en todo caso, encuentra una dignísima evocación. Y nosotros que la disfrutemos.

Calificación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de «Arrástrame al infierno» – Copyright © 2009 Universal Pictures y Ghost House Pictures. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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