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«Arropiero, el vagabundo de la muerte»: Crónica negra nacional

Críticas

«Arropiero, el vagabundo de la muerte»: Crónica negra nacional

Bundy, Gein, Lucas, Gacy, Chikatilo… son los tristemente célebres grandes nombres del homicidio en serie, personajes que sobrecogen el ánimo con su sola mención y que suponen la exaltación de la figura del serial killer, desafortunadamente prolífica en otras sociedades pero que nos queda como un lejano ─geográficamente─ recordatorio de lo más abyecto y vil del ser humano. Sin embargo, aquí también tenemos una nutrida, aunque menos, crónica negra propia, concretada en tragedias como las de Puerto Urraco, los crímenes de Alcàsser o las andanzas psicóticas de individuos como Paulino de Chantada o Jarabo. Y ahora llega un film que recuerda al que puede haber sido el mayor asesino de la historia de España.

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1971. Cuatro hombres recorren la geografía peninsular sin quitarse la vista de encima unos a otros. Dos policías, un juez y un criminal confeso. Lo que buscan con ahínco son pruebas que den fe del testimonio del delincuente, que ha admitido acabar con la vida de casi cincuenta personas. Es «Arropiero, el vagabundo de la muerte», nacido Manuel Delgado Villegas y así apodado por dedicarse en su infancia a la venta de arrope junto a su padre en el gaditano Puerto de Santa María. Lo realmente valioso de este trabajo de Carles Balagué, más allá de tratar de acercar al gran público una figura desconocida para la mayoría, es su honradez a la hora de sacar a la luz las deficiencias del sistema judicial de un país en pleno proceso de transformación, con una dictadura dando sus últimos coletazos y un tímido aperturismo concretado en movimientos como las culturas hippie o beatnik, asentadas en el más liberal suelo ibicenco. La aparición del sociópata convulsiona hasta tal punto los estamentos legales que se opta por una decisión tan radical como inaudita: confinar al monstruo al abismo del olvido y la inexistencia, sometiéndole a un encierro vitalicio sin pasar antes por el procedimiento reglamentario. La razón oficial  (y, en este caso, también oficiosa): no remover la tragedia de los familiares de las víctimas, y no enfrentarse al engorro de unir esfuerzos con las fuerzas de seguridad francesa e italiana, en cuyos territorios también obró este Mal encarnado en hombre.

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A la hora de narrar la extraordinaria ─y sorprendentemente natural, al tiempo que hoy inconcebible─ convivencia de la ley con el crimen en un periplo que dura varios años, Balagué opta por los testimonios de policías, psiquiatras, forenses, abogados, e incluso un par de testigos presenciales de las arbitrarias hazañas del Arropiero. Pero presenta los hechos de manera atropellada, intercalando declaraciones que prácticamente se pisan las unas a las otras, provocando una sensación de inverosimilitud en un palco agotado ante tanta charla alejada en el tiempo, que no en los protagonistas, de los sucesos que nos cuentan; tan sólo algunas fotos intercaladas y unas sobrecogedoras imágenes del condenado en el ocaso de su existencia, desquiciado y degenerado física y mentalmente, adornan el festival de rostros que parlotean sin cesar ante el palco. Resulta, en definitiva, un relato inevitablemente cansino en las formas aunque agradecido en el fondo, por lo que aporta engrosando el género documental patrio y por lo que extrae de nuestra propia memoria histórica, aunque sea en su vertiente más oscura y brutal.

Calificación: 6/10

  • Más información sobre «Arropiero, el vagabundo de la muerte»
  • En las imágenes: Fotogramas de «Arropiero, el vagabundo de la muerte» © 2008 Diafragma Producciones. Distribuida en España por Baditri. Todos los derechos reservados.

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