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«Arthur y la guerra de los mundos»: Prescindibles miniaturas

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«Arthur y la guerra de los mundos»: Prescindibles miniaturas

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Aunque superior a la anterior entrega, «Arthur y la guerra de los mundos» demuestra indolencia narrativa, caos y nada nuevo que aportar. Lo mejor, su final de ciencia-ficción cincuentera. Lo peor, que es prescindible casi desde el principio.

«¿No crees que deberíamos pensar en un plan antes de embarcarnos en una nueva aventura?», le pregunta Arthur, en modo Minimoy, a la princesa Selenia. Alguien debería haber planteado esa misma cuestión a Luc Besson allá por 2009 cuando decidió sacar adelante «Arthur y la venganza de Maltazard», segunda entrega de una saga que ya había empezado con sonoro batacazo en la taquilla mundial y cuyo primer episodio, de largo más digerible que sus dos secuelas, invitaba a dejarlo ahí para bien de un fantástico juvenil y europeo que necesita de puntas de lanza, sí, pero no de series sin más motivación que la del propio asentamiento de una franquicia propugnada por el Midas de la taquilla francesa.

Con un título que invita a la imaginación wellsiana —el autor de «La máquina del tiempo» tiene su correspondiente homenaje en el lomo de un libro—, «Arthur y la guerra de los mundos» (ver tráiler y escenas) no abandona la indolencia narrativa que caracteriza a la trilogía y que clamaba al cielo en su segunda parada, pero al menos se preocupa por modular un argumento que deja de dirigirse exclusivamente al público infantil para buscar también al adulto acompañante. En este sentido, Besson utiliza el título como gancho y dispone una batalla final en la que la acomodada e idílica sociedad norteamericana de clase media de los 60 ve como sus calles impecables, coloridas heladerías y cines de llamativas marquesinas —que integran, por cierto, los títulos iniciales en uno de los mayores aciertos de la propuesta—, son objeto de destrucción por un ejército de insectos y monstruos gigantes que remiten a «La humanidad en peligro» (Gordon Douglas, 1954). Es decir, final épico y con sabor añejo que en mucho supera a los de sus predecesoras y en el que el espectador maduro, curtido en la incipiente sci-fi de hace más de medio siglo, encontrará su recompensa.

Pero más allá del guiño aislado, esta tercera parte está, como lo estuviera la mediocre «Arthur y la venganza de Maltazard», gobernada por la improvisación. Tal es el grado de desidia que toda la película se justifica, en el principio, con el más ridículo de los macguffin —Arthur recuerda, de repente, que en su habitación hay un frasco para convertir de tamaño Minimoy a humano—. A partir de ahí, persecuciones en miniatura y con todos los medios de transporte posibles, personajes caricaturizados hasta el ridículo —la locura de la madre de Arthur—  y otros que, directamente, quedan suspendidos en clamoroso stand by hasta que Besson vuelve a ellos para avanzar en la trama. Ni siquiera un chiste sobre el origen de la inspiración de George Lucas para sus «Star Wars» o la versión de Iggy Pop durante los créditos finales del Rebel, rebel de David Bowie hacen olvidar lo prescindible de una saga que, repetimos, se bastaba y se sobraba con un solo capítulo.

Calificación: 4/10

Imágenes de “Arthur y la guerra de los mundos”, película distribuida en España por DeAPlaneta © 2010 EuropaCorp, TF1 Films Production, Avalanche Productions y Apipoulaï. Todos los derechos reservados.

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