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«Asalto al tren Pelham 123»: El thriller moral de Tony Scott

Críticas

«Asalto al tren Pelham 123»: El thriller moral de Tony Scott

«Asalto al tren Pelham 123» es un remake que sale perdiendo en cualquier comparativa con su referente. Sin embargo, le enriquece la sorprendente decisión de Tony Scott de situar a sus protagonistas en el terreno de la ambigüedad moral.

Las comparaciones son odiosas, y a menudo inevitables. «Pelham uno, dos, tres», firmada por Joseph Sargent en 1974 con todo el oficio, es uno de esos thrillers siempre consciente de su contexto, hasta el punto de que este determina lo anímico del texto. Y en los 70, el contexto favorito del thriller norteamericano era Nueva York, esa metrópolis en construcción cuyo alcalde en aquella película (incorporado por Lee Wallace) discernía de una democracia. Es en esa relación intrínseca en la que «Pelham uno, dos, tres», como otras hermanas de género y escenario, erigía su acción sin renunciar al comentario social, articulaba diestra su trama sencilla sobre la complejidad del momento socio-político.

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Salvo honrosas excepciones (casi recuperadoras), quizá aquello sea demasiado pedirle al thriller hoy situado en coordenadas similares. «Asalto al tren Pelham 123» es un ejemplo palmario cuando las distancias con su referente, en cualquiera de sus frentes, resultan poco salvables. Pero no insalvables, y ahí viene la sorpresa cuando nos sabemos hablando de Tony Scott. Llegará el día en que quizás el pequeño de los Scott sea objeto de la encarnizada discusión oficial que hoy disfruta Michael Bay en cuanto al planteamiento o no de su cine en términos de autoría. De momento, la identificación de la marca se hace visible desde los primeros compases de su cinta: montaje videoclipero (pero videoclipero con desfachatez y ritmos urbanos), reencuadres y desconcierto visual. Luego vendrán la escasa identidad del entorno, la confirmación del héroe anónimo como patriota de su ciudad y su familia, y la aparatosidad reclamada en todo título del inglés.

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Pero lo cierto es que sí hay margen para la sorpresa en la manera en que Scott actualiza la obra original. A diferencia de Sargent, el realizador convierte la confrontación entre secuestrador y negociador en un ring de encontronazos morales, de confesiones y transferencias de la culpa y la responsabilidad entre ambos contendientes. El personaje de Denzel Washington pierde el sarcasmo magnífico del original de Walter Matthau, pero a cambio se ve emplazado a una ambigüedad moral que sólo su antagónico acabará por desenmascarar. Este, por su lado y pese a las proclamas fanáticas que puntualmente nos recuerdan su sociopatía, se revela como víctima del desplome capitalista, un ex broker de Wall Street dispuesto a traducir sus rehenes en valores económicos. Al cometido se entrega un John Travolta pasado de rosca, inscrito en la máxima de Scott que confunde intensidad con griterío, inmensidad con desmesura. La tercera y más escueta acotación moral de un personaje corresponde al alcalde incorporado por James Gandolfini: si el de Lee Wallace asumía en privado y con sus consejeros la ecuación de los votos que suponía cada decisión política, el de Gandolfini es desafiado por el secuestrador a intercambiarse por los rehenes, quizá forzándole a sopesar los costes de cada elección en cuanto a popularidad. En cualquier caso, lo que sí reconoceremos en ambos alcaldes (si bien a distintos niveles) es una cierta incompetencia al afrontar una crisis.

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En otro orden de cosas, sorprende lo desinflado del guión de Brian Helgeland: La decisión inicial de constatar con rótulos los tiempos y, por ende, las urgencias en la trama (van apareciendo las deudas a «24») se desvanece pronto; la intensidad de la negociación palidece en la comparación con el filme original, y lo mismo sucede con el lugar que ocupan los personajes adyacentes, primordiales allí y aquí relegados a lo anecdótico. Con todo, hay un hallazgo interesante: uno de los principales cambios en la actualización de la trama se produce por la incidencia de las nuevas tecnologías (el secuestrador puede comprobar en directo la entrega del dinero cuando antes no podía). Pero al mismo tiempo, y aquí encontramos el chiste, la inmediatez de la comunicación que permite a un adolescente lanzar la imagen en directo del secuestro a la red, puede ser también un engorroso canal por el que su novia le exige un «te quiero». Sea rehén o no.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Asalto al tren Pelham 123″ – Copyright © 2009 Columbia Pictures, Metro-Goldwyn-Mayer Pictures, Relativity Media, Scott Free y Escape Artists. Fotos por Rico Torres y Stephen Vaughan. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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