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“Avatar”: Los signos de la revolución

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“Avatar”: Los signos de la revolución

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Más allá de los signos que la señalan como piedra angular de una revolución tecnológica, “Avatar” goza de las constantes de James Cameron, desde su narrativa imponente a su empecinamiento por cierto misticismo New Age.

Lo ha explicado muy bien el maestro Jordi Costa: esperar que la revolución anunciada por el último James Cameron se compusiera a partes iguales de prodigio técnico y postura adelantada en la evolución del discurso cinematográfico era una ambición crítica tan desaforada como la misma ambición sobre la que se construye “Avatar”. Los signos de la revolución no hay que buscarlos tanto en el reciclaje orgiástico que aquí se hace del fantástico y la ciencia-ficción, desde los indígenas casi lalouxianos a las bestias mitológicas que sobrevolarían sin problemas el imaginario de J.R.R. Tolkien. Los signos están en lo significativo de la experiencia inmersiva que “Avatar” llega a ser, transportadora a una epifanía sin precedentes bautizada como Pandora que bien puede inducir la misma fascinación que la que un día disfrutaron los espectadores de la experiencia primigenia del cinematógrafo.

Lejos de suponer algún tipo de traición a las señas identitarias, “Avatar” supone una exponenciación de las virtudes del cineasta que hay tras la cámara: magisterio en el manejo del timing, excelencia narrativa en la transición hacia la sci-fi action más hardcore (esto es, la descomunal batalla final) y capacidad para crear personajes abrumadoramente magnéticos, aquí un coronel Quaritch (imborrable Stephen Lang) que se presume como una versión anfetamínica del mismísimo coronel Kilgore. En otro orden de cosas, frente al pulso narrativo y la avanzadilla tecnológica como virtudes máximas de Cameron, se encuentra el excesivo subrayado del misticismo New Age que empacha el relato y que ya asomara someramente en la magnífica y a menudo infravalorada “Abyss” (1989). El alegato ecologista reclama empecinado una trascendencia y calado que nunca consigue, y que no eclipsa a la verdadera fuente del embelesamiento: Pandora, como sinécdoque de “Avatar”, “Avatar” como sinécdoque del cine-espectáculo cameroniano, está hecha del mismo material que los sueños; las reflexiones en off de su protagonista a propósito de estos sólo son la confirmación en voz alta.

Con todo, cabe llamar la atención en ciertos apuntes que se han incorporado al lenguaje del director. En la progresiva inmersión en la batalla encontramos reencuadres que parecieran prestados del Tony Scott más pletórico, mientras que los sucesivos despertares de Jake Sully (Sam Worthington) son introducidos a través del primer plano extremo que la ficción televisiva ya ha dictaminado como plano genuinamente “Lost”. No obstante,  la gramática propia e intrínseca del autor, su pathos sigue intacto e imponiéndose por encima de cualquier mensaje (mal que a él mismo, incluso, a veces le pese) y hasta se permite autohomenajes que encuentran una sofisticada evolución del robot montacargas de “Aliens: El regreso” (1986) en un antológico cuerpo a cuerpo contra un sucedáneo selvático del monstruo de “The host” (Bong Joon-ho, 2006). Clímax, por otra parte, que sucede a otros anteriores y continuados, y que no hacen sino confirmar las superdotadas capacidades de Cameron para el tour de force. El tiempo dirá si también las atesora para liderar una revolución que el cine necesita, y si “Avatar” es esa piedra angular que la misma exige.

Calificación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de “Avatar” – Copyright © 2009 20th Century Fox, Giant Studios y Lightstorm Entertainment. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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