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«Bella»: Pasión por la vida

Críticas

«Bella»: Pasión por la vida

Con un buen puñado de premios y la aceptación del público norteamericano que la llevó a encabezar el ranking de taquilla, “Bella” es un bello poema de amor a una mujer y a la vida en general. Su mirada está llena de luz y sentido positivo, y desde el inicio apuesta sin ambages por la persona como lo único importante y por la humanidad en las relaciones como cauce para lograr la felicidad buscada. Estamos ante una nueva road movie de dos seres con un pasado nada fácil, que han luchado por sobrevivir a la desgracia y que aún buscan su lugar en el mundo. En este sentido, Alejandro Monteverde tiene claro que debe estructurar la película de manera precisa entre el tiempo presente y el pretérito, esconder la herida de sus protagonistas y dosificar la información de la historia. Aunque no se apoye en el suspense ni en giros-trampa de guión, juega hábilmente la baza del sentimiento y alterna momentos de mucha emoción con otros de tono más dramático en su empeño por ganarse al espectador.

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“Bella” no esconde sus cartas y por eso no duda en recurrir a abundantes primeros planos de José y de Nina en busca de su dolor profundo y de sus sueños rotos: la pasión por el fútbol o por el amor esquivo y el temor ante la fragilidad de la vida son las notas de esta pareja llamada a luchar en la soledad de su intimidad. En uno y otro, sus ojos reflejan tensión contenida y una pena largamente amortiguada, pero también la chispa de un hálito de vida que aún no se ha extinguido. José es un hombre sensible, bueno y acogedor, que volvió a nacer cuando abandonó el fútbol profesional –el soccer– para recluirse en la cocina del restaurante mexicano que su hermano Manny tiene en Nueva York. Desde entonces, vive en un silencio sereno y pacífico, centrado en ayudar a sus amigos y en reparar el daño causado. Nina es la joven camarera que es despedida del restaurante, justo cuando se entera de que está embarazada. Entre los dos nace un sentimiento de sintonía y acompañamiento que les empuja hasta la casa de los padres de José, a la orilla de un mar que se convierte en metáfora de la deseada libertad interior en contraposición a la cocina (aunque hay otros elementos con valor simbólico en la cinta, como la caracola, la cometa o la cazuela).

Sin duda, Monteverde quiere hacer un cine que llegue al espectador y que le mueva a mirar las dificultades como una manera de crecer y también de creer en la familia y en el amor. Por eso, incide en la necesidad de ganar en interioridad, en comprender y en confiar en la persona por encima de su rendimiento laboral u otras circunstancias –espléndida escena de disputa entre José y su hermano en la cocina, paradigma de justicia social–. Es también un canto a la vida y a la generosidad como forma de encontrar la paz con uno mismo, con unas bellas imágenes que abren y cierran la cinta de modo circular, y donde las heridas causadas al privar a una madre de su hij@ –son tres las madres afectadas– se alzan como leitmotiv de la historia.

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Apoyado en tan buenos sentimientos e intenciones, la conexión entre la pareja protagonista es clave para que el mensaje llegue al público: en ese sentido, hay química y complicidad entre Eduardo Verástegui y Tammy Blanchard (gran interpretación llena de frescura y expresividad). Los ojos de él transmiten la acogida y afecto necesarios, mientras que los de ella destilan la intensidad del dolor y la desesperación. El personaje de Nina tiene mayor fuerza y empaque, está dibujado con más pliegues, energía y verosimilitud en sus reacciones que el de José, quizá excesivamente idealizado, blando y dulce. Arrastrada por esa voluntad ejemplarizante y un tanto complaciente, la película se excede un poco en el tono sentimental y contemplativo de algunos momentos, con un José que adopta cierta pose ante la cámara que le mira y unas estampas tan bellas y luminosas –aun en plena noche en la playa– como artificiosas; tanto como la familia mexicana que a punto está de hacer derivar la cinta en el melodrama televisivo. Sin embargo, Monteverde equilibra con buena mano el exceso romántico con una factura moderna desde el montaje dinámico, los barridos de cámara y la planificación intencionadamente descuidada en escenas urbanas, o de cocina y de tono más clásico en los momentos de contemplación. A su vez, el director sabe echar mano oportunamente de una partitura que irrumpe suave y delicada cuando el drama pide oxígeno, y a la que no faltan ritmos rancheros –con el clásico “Currucucú Paloma…”– o de salsa.

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Existen, por eso, momentos intensamente emotivos en este drama romántico, con el clímax compartido de dos madres desconsoladas, dos criaturas indefensas y con sendas situaciones análogas en las que la vida lucha por abrirse paso, donde encontrar un apoyo se convierte en imprescindible. Una película de esas que invitan a creer en las personas y esperar mucho de la vida, recomendable para un público amplio (pues su factura comercial así lo permite) y dispuesto a llorar y sentir hondamente un drama humano que no necesita de situaciones forzadas. Algún que otro exceso y convencionalismo narrativo la hacen previsible en su tercio final, pero no impiden hablar de una cinta luminosa y de rico colorido, optimista y pletórica de humanidad.

Calificación: 7/10

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  • En las imágenes: Fotogramas de “Bella” – Copyright © 2006 Metanoia Films. Distribuida en España por European Dreams Factory. Todos los derechos reservados.

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