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«Capitalismo: Una historia de amor». Caricatura anti-sistema

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La demagogia, el reduccionismo discursivo y la pantomima de Michael Moore alcanzan en «Capitalismo: Una historia de amor» sus mayores cotas, fundiendo cada vez más la figura del director con su propia caricatura.

Que «Capitalismo: Una historia de amor» se haya comparado con la obra inaugural de la filmografía de Michael Moore, «Roger y yo» (1989), ni es casual ni es desatinado. La sola reincidencia de ciertos pasajes de aquella en éste su último trabajo lo sugieren como una versión ampliada: la repetición de uno de los testimonios y los desahucios entonces filmados en la ciudad natal del cineasta, Flint (Michigan), sirven como punto de partida a una versión más ampliada y ambiciosa, un ataque frontal contra el sistema de libre mercado que toma como evidente excusa la hecatombe económica de 2008.

Pero, más útil si cabe, la comparativa también vale para explicitar la evolución que ha experimentado el discurso del realizador, el pathos mooriano que, título tras título y tras el ridículo rayado en «Sicko» (2007), se aproxima peligrosamente a la esterilidad de su efecto sobre todo aquel que tenga por conocidas las armas del director. Que «Capitalismo: Una historia de amor» esté gobernada por la demagogia de principio a fin no es una sorpresa, como tampoco lo es la vocación cómico-agitadora que hace de Moore un protagonista excesivo, siempre presente en la pantalla. Lo difícilmente sostenible es que su pretendido papel de ensayista de los males endémicos de la América contemporánea se incline hacia una simplificación casi escolar de estos, la cada vez más clarividente intención de la provocación frente a cualquier tipo de contraste, la opción de la dramatización de los dramas particulares (flirtean con el morbo los planos que registran los dramas humanos) frente a la mayor recurrencia a la estadística. Los excesos pantomímicos de Moore alcanzan aquí sus mayores cotas, con comedias varias a las puertas de Wall Street y entidades financieras que sólo aplaudirán los ingenuos de su cine o, al contrario, los incondicionales que sigan justificando los medios con el fin; excesos indicadores, en cualquier caso, de hasta qué punto la figura del director ha acabado fundiéndose con su propia caricatura.

Así que el reduccionismo discursivo y los pasajes de grand guignol (epatante el doblaje de «Jesús de Nazaret», en el que asistimos a Jesucristo lanzando proclamas neoliberales, o el empleo hiperbólico de la «Carmina Burana» de Carl Orff), junto con el nombramiento, desde unos pocos testimonios, de la Iglesia como impagable aliada contra el imperio capitalista, son las vías tomadas por Moore hacia su autoproclamación como abanderado de la rebelión socialdemócrata. Su llamada a filas aún cuenta, empero, con algunos hallazgos que no hacen tan descabellado el discurso sin dejar de hacerlo divertido: parece acertado el símil inicial del capitalismo con la antigua Roma, tanto como contundente la metáfora de una Nueva Orleans anegada tras el desastre del Katrina para apuntar un significado casi irrefutable, este es, el desborde del sistema económico.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de «Capitalismo: Una historia de amor» – Copyright © 2009 Paramount Vantage, Overture Films, The Weinstein Company y Dog Eat Dog Films. Distribuido en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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