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“Copia certificada”: Cuando el amor mejora el original

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“Copia certificada”: Cuando el amor mejora el original

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Una obra maestra poliédrica y profunda. “Copia certificada” muestra paralelismos y semejanzas entre el amor y la obra de arte llenos de sabiduría humana y estética, realizados por un estilista que reduce el tema a lo mínimo y cuida cada plano.

El cineasta iraní Abbas Kiarostami abandona su país natal para rodar en Italia con una actriz profesional como es Juliette Binoche y lograr con “Copia certificada” una obra maestra que estuvo en el Festival de Cannes y en la Seminci de Valladolid. Una película poliédrica y profunda, tanto en el aspecto formal del lenguaje cinematográfico como en el trasfondo existencial de sus personajes, que incorpora incluso un análisis teórico de lo que puede ser considerado como arte, y que permanece abierta a tantas interpretaciones como espectadores tenga. Sus imágenes se acercan respetuosamente a la realidad de una mujer, galerista de arte en la Toscana, que esconde el dolor de una separación y también el peso de tener que educar sola a su hijo. Es una realidad a la que el director se acerca desde su mirada de artista y de quien ha pasado por una situación semejante —el propio Kiarostami tuvo que encargarse del cuidado de su hijo tras su separación—. Es, por eso, reflejo de una experiencia propia y dolorosa que aquí traslada a Binoche, recordando las distintas situaciones por las que puede pasar el amor de una pareja, y la verdad que encierra cada imagen que se ofrece del amor.

Básicamente, en “Copia certificada” sólo hay una mujer y un hombre, y unas cuantas horas por delante. Suficiente para que asistamos al momento de enamoramiento inicial seguido de una fase de desgaste y de un nuevo intento de seducción, para terminar con una plácida vejez donde ese amor adquiere nuevas formas de manifestación. Lo mejor es que todo eso Kiarostami lo hace sin recurrir a flashback ni a subtramas que podrían ilustrarlo fácilmente. Se encomienda al talento interpretativo de la actriz francesa y de William Shimell, y lo concentra todo en una única pareja respetando la unidad de tiempo y espacio, simplemente amplificando la relación hacia el pasado o poniendo ante sus ojos una pareja de novios o de ancianos. A partir del equívoco en una cafetería en que la mujer que les atiende les confunde con un matrimonio —maravillosa escena y sabios comentarios los de esta buena mujer—, se pone en movimiento todo un mecanismo de representación de lo que puede ser cualquier enamoramiento, con una Juliette Binoche que sobreactúa ligeramente en su empeño por captar la atención del hombre para después atenuarse en su vitalidad, e intentar más tarde una nueva conquista del marido pintándose los labios o poniéndose unos pendientes: no es entonces el amor original sino una copia o una referencia de lo que fue, pero no por ello menos verdadero o meritorio, viene a decirnos Kiarostami.

Esas fases del amor son contempladas por el espectador desde la abstracción como algo que puede suceder a cualquier pareja. No es más que la maduración y los vaivenes del romance, que por esas calles de Toscana se vive en presente y congela el tiempo hasta hacerlo único, porque lo importante en el amor no es la persona amada sino la actitud de quien contempla y ama. Ese es el valor que Kiarostami y James Miller —el ensayista de la película— dan también a la obra de arte, que adquiere importancia según quien la contempla más que por su interés objetivo, y donde la copia puede ser mejor que el original y éste no pasa de ser incluso una copia —una representación falsificada, por muy lograda que sea— de la realidad. Paralelismos y semejanzas entre el amor y la obra de arte cargados de sabiduría humana y estética, realizados por un estilista de la imagen que reduce el tema a lo mínimo y que cuida cada plano en su duración y composición. Nada sobra y nada falta en unos diálogos frescos y espontáneos pero enjundiosos y cultos, que sirven para hacer un retrato dual del hombre y la mujer, de su distinta percepción de la realidad, de su implicación o distanciamiento frente al problema sentimental.

Excelente el trabajo interpretativo de Juliette Binoche —premiada en Cannes—, con un asombroso despliegue de recursos para dar vida a tres mujeres en una, para arrastrar al británico Shimell a pasar de escéptico teórico del arte a marido comprometido o dubitativo. Espejos, pinturas y distancias en su paseo por las calles que encierran un profundo significado de lo que ocurre en el corazón de esta pareja y que recuerda a aquella otra inmortalizada por Ingrid Bergman y George Sanders bajo la batuta de Roberto Rossellini en “Te querré siempre” (1954). Una película minimalista sobre la realidad y su representación, sobre el amor verdadero y sobre el pretendido, sobre el paso del tiempo y sobre el espectador que lo ve encarnado en esa pareja que le interpela con sus miradas a cámara. Una joya del cine para ver varias veces porque la realidad que muestra no se agota con la primera, para disfrutar de cada plano, de cada gesto y de cada frase… porque todo es original, o al menos una copia perfecta.

Calificación: 9/10

En las imágenes: Fotogramas de “Copia certificada” – Copyright © 2010 Bibi Film y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

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