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«Cuento de Navidad de Disney»: Cómo Ebenezer Scrooge se convirtió en Jim Carrey

Críticas

«Cuento de Navidad de Disney»: Cómo Ebenezer Scrooge se convirtió en Jim Carrey

La inquietante imaginería que despliega Robert Zemeckis y las escenas de regusto literario y tradicional son lo que mejor funciona. Jim Carrey pasa de ser un correcto Scrooge a la incontinencia histriónica.

El mundo del cine hace extraños compañeros de celuloide… o quizá no tanto. En un principio, podría parecer que los universos de Disney y los de Robert Zemeckis (firmante, no lo olvidemos, de títulos como «La muerte os sienta tan bien») no son exactamente coincidentes, pero «Cuento de Navidad de Disney» ha conseguido reunirles. Aunque no nos debería sorprender tanto, si tenemos en cuenta que su primer paso en el mundo de la animación por ordenador fue una cinta tan bienintencionada, y de fondo tan Disney, como «Polar Express». Si además tenemos en cuenta que «Beowulf», su segunda tentativa, no parece haber tenido el éxito deseado, no debería sorprendernos que haya querido asegurarse la jugada apoyándose en el estudio que, nos guste o no, siempre deja una carta guardada para arrasar en los cines a final de año.

Y lo primero que sorprende es el acelerón en la calidad de la imagen y la animación: no sólo «Cuento de Navidad de Disney» deja atrás el acartonamiento que impregnaba las secuencias y los personajes de «Polar Express», sino que incluso supone un salto considerable con respecto a su anterior cinta. Y como Zemeckis es hábil, y sabe que quien acude a un cine 3D busca que le ofrezcan a cambio su correspondiente dosis de montaña rusa visual, arranca la película con un prodigioso viaje sobre el Londres victoriano, deteniéndose en mil detalles y ofreciendo una gozosa experiencia que exprime al máximo la ilusión de realidad de las tres dimensiones. Unos viajes que, por otro lado, abundarán durante el resto de la película… de hecho, quizá demasiado.

Sin embargo, lo que evita que la película termine cayendo en el mero exhibicionismo tecnológico hay que buscarlo en las secuencias más fieles al espíritu gamberro de Zemeckis. La narración original de Charles Dickens ha sido adaptada en innumerables ocasiones al cine, pero en demasiadas su contenido se ha adulterado hasta el punto de hacerle perder sus tétricas bases. Al fin y al cabo, y el propio escritor así lo dejó dicho, la obra tenía casi más de historia de fantasmas (por entonces muy de moda en la literatura victoriana), que de Navidad. Y así, cualquier película que olvidase que la historia tenía que dar miedo (al fin y al cabo, si el infame Ebenezer Scrooge acababa convirtiéndose en una persona alegre es a través del terror que le producen las visitas del fantasma de su socio muerto y de los espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras) terminaba, invariablemente, perdiendo fuelle y su razón de ser.

Pues bien, hay que decir que la imaginería que despliega Zemeckis llega a ser inquietante, hasta el punto de que no tengo claro si no llegará a dar miedo a los más pequeños. Y son esos momentos, esas escenas de regusto tan literario y tradicional, lo que mejor funciona. La lástima es que luego llega el peaje espectacular, como si los productores temieran que, si no, la gente terminará aburriéndose, y así al final nos pesa en exceso tanto trajín, tanto vuelo y transformación del asustado Scrooge. Y lo peor es que, cuando el espíritu de la Navidad futura se ha ido, y el avaro insoportable se ha transformado en una bellísima (de espíritu) persona, nos damos de bruces con el Jim Carrey más histriónico y exagerado, sin que haya píxel que sirva de maquillaje. Y quizá sea esa transformación entre el comienzo, con uno de los Scrooge más fieles al espíritu de la obra literaria, y un Carrey abandonado a los tics, la que mejor ejemplifique las dos almas de esta película.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Cuento de Navidad de Disney» – Copyright © 2009 Walt Disney Pictures e ImageMovers Digital. Distribuida en España por Walt Disney Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

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