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«Dejad de quererme»: El poder devastador de la sinceridad

Críticas

«Dejad de quererme»: El poder devastador de la sinceridad

El arranque de esta cinta es desconcertante, porque no sabemos a qué carta quedarnos. Desde la primera escena, conocemos a Antoine (el grandioso Albert Dupontel), un hombre que tiene todos los números para figurar como el modelo masculino a seguir: con carisma, triunfador en el trabajo y poseedor de una más que rentable agencia de publicidad, casado con una guapa y encantadora mujer (Marie-Josée Croze, la inolvidable asesina de “Munich”), con dos niños que si no son angelicales poco les queda, habitante de una casa con jardín en un barrio exclusivo de París, conductor de un coche de los que hacen que la gente se dé la vuelta para verlo mejor… Y sin embargo, de repente, Antoine empieza a comportarse de una manera impensable; en realidad, ni siquiera tenemos tiempo de conocer cómo era antes de que suceda el brutal cambio que le sobreviene en su 42º cumpleaños. Sin mediar aviso, sin pensárselo dos veces, vende su parte del negocio, ofende a su suegra, decide separarse de su mujer cuando una amiga le cuenta a ella que le ha visto comiendo con otra en actitud de amantes, es desagradable con sus hijos, arruina la fiesta sorpresa de cumpleaños enemistándose de una tacada con todos sus amigos… y finalmente, emprende una huida hacia ningún sitio aparente.

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Las cartas son arriesgadas, porque el espectador no sabe muy bien qué pensar del protagonista. Inevitablemente, uno no puede sentir cierta envidia por su repentina capacidad de poder decir lo que piensa a cada uno, sin tener que recurrir a las, en muchas ocasiones, cínicas formas sociales utilizadas para evitar los conflictos. Repentinamente, Antoine proclama su necesidad de sentirse vivo, de disfrutar cada momento, de liberarse de las ataduras de la rutina, pero resulta tremendamente incómodo ver cómo esa decisión, en principio loable, causa un inmenso dolor a su esposa, que no comprende nada; a sus hijos, a unos amigos que, si bien no es que despierten la empatía del espectador porque representan la fachada hipócrita de una élite culta que no se siente responsable de ninguna injusticia mientras llenan a espuertas sus cuentas corrientes, acaban contagiando su desconcierto ante una agresividad repentina y, en el fondo, proveniente de uno de los suyos.

Mientras dura ese desconcierto, es cuando la película funciona mejor, sobre todo por la calidad interpretativa de un Albert Dupontel que vuelve a confirmar por qué es uno de los mejores actores galos del momento. Sin embargo, una vez planteada la situación y la huida del protagonista, pronto la narración toma caminos más trillados, e incluso previsibles, que desactivan gran parte de la carga revulsiva, ofreciendo un resultado bastante más acomodaticio, e incluso excesivamente sentimental, de lo que habría sido deseable. Pero en ningún modo se trata de errores que invalidan lo visto, o que hagan de “Dejad de quererme” una obra sin interés. Al contrario, la pericia con la que Jean Becker sabe llevar la narración durante la mayor parte del metraje consigue que nos involucremos en lo que sucede, y que incluso tengamos la incómoda sensación de vernos obligados a contemplar escenas domésticas llenas de violencia psicológica; que nos sintamos, en definitiva, como la visita que repentinamente, y sin poder hacer gran cosa, presencia una agresiva disputa familiar que le pone en una situación tremendamente incómoda, ante la que además se le pide que tome postura.

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A pesar de algún ligero traspié, Jean Becker sabe llevar la mayor parte de la historia. Quizá hubiese sido deseable que la moraleja, que la tiene, se desplegase de una manera menos obvia, más sutil, menos proclive a un cierto acomodamiento. Pero en tiempos de tanto ruido cinéfilo como la temporada estival, se agradece una cinta a escala tan humana como ésta.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Dejad de quererme» – Copyright © 2008 ICE3, KJB Production, Studio Canal y France 2 Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

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