“Déjame entrar”: Poesía del horror

Escrito por el 22.04.09 a las 11:48

El cine de terror de hoy día ha olvidado que los clásicos se arraigaban en motivos sociales y contemporáneos.”Déjame entrar” resulta extraordinaria precisamente porque es una isla en un maremágnum de terror fagocitado hasta el vacío.

Lo indeciblemente maravilloso del cine es que toda la teorización y discurso crítico que le siguen jamás pueden determinar, acotar el nacimiento de un clásico. Este llega por sorpresa, golpea de imprevisto a un espectador que necesita de una reposada asimilación de lo que acaba de ver. Pero también un clásico es una película que pasa sin pena ni gloria, desapercibida y crece con el tiempo hasta que el reconocimiento insospechado en su día se torna en unaminidad, rendición incondicional ganada cuando los años evidencian la atemporalidad, la verdadera magnitud de la obra. Sólo algunas veces, disfrutamos de algunas pistas que nos permiten adivinar la obra magna. Instantes que insuflan una conmoción instantánea y nos aplastan contra la butaca, que desde el mismo momento de su visionado intuimos nunca olvidaremos. En el género de terror, esto adquiere connotaciones especiales cuando atendemos a la (ya apenas) sublimada fascinación humana por lo tremebundo, por la representación de lo pesadillesco en una sala oscura, la quimérica búsqueda de la unicidad, del solo fotograma que revienta los sentidos. Algo así siente uno cuando asiste al mar de sangre que inunda el pasillo cuando el ascensor se abre en “El resplandor”. Algo así te hipnotiza sin remedio cuando ves, a través del marco de una puerta a medio cerrar, a Eli (Lina Leandersson) masacrando a una de sus víctimas. Sabes, de alguna manera, que lo bello y lo atroz se han aliado en un milagro de poesía del horror.

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En su magnífico artículo “Horror will eat itself”, Kim Newman1 sometía a análisis la evolución de un género que en los últimos tiempos se perpetúa a través de secuelas y remakes, perdiendo en ese proceso el sentido básico que debería acompañar a cada una de las muestras del mismo: el significado. El cine de terror de hoy día ha olvidado que los clásicos se arraigaban en motivos sociales y contemporáneos. No hay un “porqué”, sino una reiteración de lo ya conocido que sólo se reviste del “más gore todavía”. “Déjame entrar” resulta extraordinaria precisamente porque es una isla en un maremágnum de terror fagocitado hasta el vacío, hasta hacernos descreer de la posibilidad de reinvenciones y renovaciones lejos de la dictadura de la box-office. El mérito del filme de Tomas Alfredson reside en una historia anclada ineludiblemente a un contexto (aislamiento y gelidez social en la Suecia de los 80) y a las necesidades sentimentales de sus dos protagonistas. Aquí, la soledad y los miedos de una infancia tortuosa (y torturada) son las fuentes de un terror tan inspirado como el que proponía Robert Mulligan en “El otro”, al tiempo que en el emotivo relato de amistad entre Oskar (Kåre Hedebrant) y Eli resuenan ecos de un referente tan delicioso como los libros de “El pequeño vampiro”, de Angela Sommer-Bodenburg. Tal dualidad es, probablemente, muy responsable de esa inquietud inefable, siempre latente a lo largo del metraje y nunca exclusiva de los pasajes netamente vampíricos, sino también de aquellas que posan su mirada sobre el bullying escolar sufrido por el joven protagonista (el tratamiento del tema es tan impecable como lo demuestra el primer plano de Oskar en la escuela). La escena en que acoso escolar y vampirismo al fin confluyan (en la piscina, para más señas), se revelará como el mayor de los prodigios de la película. Una de esas imágenes que, efectivamente, nunca olvidaremos.

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Empezando por ese antológico final bajo el agua y terminando por los planos detalle que reivindican significados diferentes de los leonianos, la planificación con la que Anderson ilustra la novela John Ajvide Lindqvist raya la perfección. Tanto en el asentamiento de la opresión social en la que se inscribe como en la perfecta delimitación de una economía visual, en la que cada plano, cada movimiento de cámara, tienen su razón de ser y disfruta la máxima eficacia. Delante de esa cámara, cualquier elogio es insuficiente para Hedebrant y Leandersson, dos mayúsculos intérpretes de 12 años sin los que resultaría impensable el éxito no menos mayúsculo que la cinta cosecha a nivel internacional. Ante nosotros, los dos jóvenes actores entrecruzan miradas furtivas, se paralizan ante el miedo y comparten un lenguaje secreto, encuentran en el otro el afecto negado por unos padres ajenos y, finalmente, se abandonan a un amor condenado. La última secuencia, en el vagón de un tren, supone el sello de ese romance, prometiendo la tragedia más bella imaginable cuando nos acordamos de Håkan (Per Ragnar). Y es entonces cuando “Déjame entrar” empieza, irremediablemente, a crecer en la memoria cinéfila como algo muy cercano a una obra maestra.

Calificación: 9/10

1NEWMAN, Kim. “Horror will eat itself”. Sight & sound. BFI. Vol 19 Issue 5 (Mayo 2009) p. 37-38.

En las imágenes: Fotogramas de “Déjame entrar” – Copyright © 2008 Bavaria Film International y EFTI Film. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.



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2 - Jordi Revert - 10:17 - 23.04.09

Hola Salva

Gracias por tu comentario. He intentado tener la máxima cautela a la hora de abordar ciertas escenas, pero entiende que hay algunas de ellas que me parecían imprescindibles para el comentario (a veces es muy difícil hablar de una película sin hablar de ciertos pasajes). De todas maneras, no creo haber desentrañado el final ni mucho menos. Más bien espero haber alimentado un poco la expectación hacia la escena de la piscina.

¡Un saludo!



1 - Salvador Ruiz Murugarren - 19:38 - 22.04.09

Hola!, primero expresar mi acuerdo con el análisis de la película, es una pequeña joya de esas que recuerdas con los años. NO obstante que incluyas tantos detalles sobre el final puede enfadar a más de un lector, existen muchos métodos para advertir de spoilers. Sé que no es una de esas películas en que lo importante es un giro final inesperado, pero hay que respetar el misterio, siempre.
Un saludo.
Salva RM.



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