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«Django desencadenado»: Orgullo de western

Críticas

«Django desencadenado»: Orgullo de western

«Django desencadenado» se disfruta como celebración cinéfila de las muchas variantes del western, pero decepciona a la hora de establecer su propia épica de la venganza, de ser una contundente y orgullosa expresión personal del género.

En su última década de vida, el cine de Quentin Tarantino se ha refirmado como ese lugar en el que la referencia pop se democratiza y el arte deja de tener una disposición jerárquica y amparada en la clasificación de lo que sería la alta y la baja cultura. De hecho, y desde «Kill Bill: Vol. 1» (2003), el director se ha esforzado por armar ficciones en las que sus protagonistas parecían abrirse paso, a golpe de catana, coche o ametralladora, por una cinefilia indiscriminada y siempre celebrada. Tarantino es, al fin y al cabo, ese autor único capaz de forjar una identidad propia a partir del reciclaje cariñoso y asunción de sus idolatrados, una maniobra imitada por numerosos aspirantes hasta el agotamiento, pero rara vez llevada a buen puerto más allá de la filmografía del de Knoxville.

«Django desencadenado» (ver tráiler y escenas) tiene en su génesis y título el que quizá sea el gesto más pop de su carrera: abordar una nueva falsa secuela de «Django» (Sergio Corbucci, 1966), fabuloso spaghetti western sin las maneras operísticas de Sergio Leone pero con indudable cariño por el héroe trágico encarnado en Franco Nero. La apropiación del «Django» titular como guiño a la estrategia comercial seguida por tantas cintas que ni siquiera tenían conexión alguna con el original, era una bonita broma sobre la que construir esa tarantiniana muestra de género cuya llegada cualquier espectador versado ya podía intuir tras los fotogramas del díptico «Kill Bill» o incluso en «Malditos bastardos» (2009). La perezosa —y fugaz— escena que marca el relevo entre el Django de Nero y el Django negro de Jamie Foxx, no obstante, apunta a la ligera decepción que el entusiasta del western podría experimentar al comprobar que este nuevo viaje a través de afectos y cinefilias tiene algo del espíritu lúdico del mal llamado subproducto, pero muy poco de la épica de alta intensidad que un día fraguaron los Leone, Corbucci o Barboni. Ni siquiera, y pese al buscado paralelismo con el héroe wagneriano, tiene suficiente de la épica emocional con la que el propio cineasta se comprometía en el corazón del macaroni combat de «Malditos bastardos».

En una entrevista reciente, Tarantino confesaba que prefería tener una obra breve pero relevante antes que caer en la decrepitud creativa. Esta —loable— declaración de intenciones choca con una «Django desencadenado» que antes se postula como catálogo revisado con alegría jaranera que como memorable y apasionada epopeya de venganza. Por supuesto, sigue siendo un placer asistir a una caligrafía consecuente y pródiga en sus guiños —tan capaz de saludar a Sam Peckinpah como a Dario Argento—, o comprobar que el realizador sigue fiel a su fascinación por explorar límites y excesos del lenguaje. Sin embargo, todo el compromiso y fuerza que desprenden los magníficos, matizados personajes de Leonardo DiCaprio, Christoph Waltz o Samuel L. Jackson, contrasta con un relato más hilado como excusa que como última y contundente expresión de un orgullo de western de grandiosa tradición.

Calificación: 6/10


Imágenes de “Django desencadenado”, película distribuida por Sony Pictures Releasing de España © 2012 A Band Apart y The Weinstein company. Todos los derechos reservados.

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