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«Django desencadenado»: Una farsa continua

Críticas

«Django desencadenado»: Una farsa continua

El problema de «Django desencadenado» es que todo queda en la superficie, que se reduce a una venganza plana y a unos personajes enfáticos y estereotipados. Buena interpretación del actor Christoph Waltz.

Quentin Tarantino viaja a tierras sudistas para hablar de esclavos negros y del precio de su liberación. Pero no lo hace con la gravedad que respiraba Steven  Spielberg en «Lincoln» (2012), sino con la comicidad burlona y paródica a que nos tiene acostumbrados. Como es habitual, su violencia es excesiva, contundente y seca, y sus personajes se mueven siempre al filo de lo patético y lo irrisorio. Además, no faltan las referencias cinéfilas y una actitud gamberra en la que parece reírse de todo. En «Django desencadenado» (ver tráiler y escenas) hace cabalgar juntos al Dr. Schultz y al Django del título, convertidos en cazarrecompensas que se dirigen a la plantación de Candie con el fin de liberar a Broomhilda, la mujer de Django. Como siempre, no faltarán a nuestros centauros ocasiones para descargar toda su metralla en una escalada que necesariamente avanza hacia la traca final.

Todo en Tarantino en una farsa continua, como lo es el plan de rescate del Dr. Schultz y de Django, pero al director de «Malditos bastardos» (2009) no le preocupa que su historia sea absurda e inverosímil, pues en ese perfil caricaturesco se apoya una propuesta que pasa de lo cómico —la escena de los encapuchados se lleva la palma a lo macabro en un santiamén, con duelos que se resuelven sin dilaciones ni miramientos, y con una ausencia total de sentimentalismo y complacencia. No faltan las escenas de mal gusto —¿por qué tiene que mostrar sin ningún reparo un descuartizamiento o esa brutal pelea entre mandingos?— ni tampoco las explosiones pirotécnicas o los abundantes baños de sangre, pero es ese su mundo, tan falso y disparatado como provocador e incómodo. Su trabajo mira al spaghetti western y a Sam Peckinpah como sus referencias naturales, con zooms y ralentís que pretenden acercarnos un mundo de violencia o una banda sonora y títulos de crédito que nos acercan al western crepuscular de los años setenta.

El problema de «Django desencadenado» es que todo queda en la superficie, que se reduce a una venganza plana y a unos personajes enfáticos y estereotipados aunque sean voluntariamente dibujados así. No vemos más que individuos decididos a rivalizar en orgullo y prepotencia, que se adornan con diálogos floridos y grandilocuentes pero que no tienen evolución ni entrañas; y además una ingente descarga de munición y dinamita que hace saltar por los aires toda la estructura de cartón-piedra que Tarantino ha levantado. Nada es real y todo es apariencia, como deja claro el Dr. Schultz en su encuentro con el sheriff bastardo —buena interpretación de Christoph Waltz, o como da a entender un refinado pero brutal villano que encarna Leonardo DiCaprio o el personaje interpretado por Samuel L. Jackson, tan simple como intuitivo.

El éxito de la misión del Dr. Schultz y de Tarantino depende de ese juego de distracciones y faroles continuados, que les permitirá lograr un buen espectáculo con el que conseguir un buen botín en recompensa y taquilla. Aunque la narración es ágil y la historia avanza con buen ritmo —si bien su tercio final se empantana escandalosamente—, a una cinta de casi tres horas le sobra bastante metraje y alguno de sus finales, pues la farsa no se hace mayor incluyendo un bandido más u otro estallido que venga a prolongar lo que ya sabemos: que faltan escrúpulos y sobran prejuicios, que hay monos vestidos de seda que siguen siendo monos, que hay blancos-negros y negros-blancos. Pero estamos ante Tarantino, y en él todo es siempre excesivo, visceral, desagradable y exagerado.

Calificación: 6/10


Imágenes de “Django desencadenado”, película distribuida por Sony Pictures Releasing de España © 2012 A Band Apart y The Weinstein company. Todos los derechos reservados.

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