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«El retrato de Dorian Gray»: Inmortalidad lamentable

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«El retrato de Dorian Gray»: Inmortalidad lamentable

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En «El retrato de Dorian Gray», Oliver Parker vende la obra de Oscar Wilde al efectismo más barato. Un aparatoso montaje y un Ben Barnes que nunca está a la altura del personaje hacen de ésta una adaptación mediocre del clásico.

En «El retrato de Dorian Gray», Oliver Parker asesina a un personaje inmortal. Inmortal por la propia naturaleza del personaje, aquí en manos de un realizador empeñado en el traslado de la obra del irlandés al cine (recordemos, Parker también firmó «Un marido ideal» y «La importancia de llamarse Ernesto»). Inmortal porque la creación de Oscar Wilde ha perdurado como inquietante, quintaesencial representante de la eterna juventud dentro del arte.

Y el cine vuelve a hacerle un flaco favor a Dorian Gray. Tras el reduccionismo incompetente del personaje exhibido en «La liga de los hombres extraordinarios»  (Stephen Norrington, 2003), Parker traslada la obra de Wilde con casi todo el desatino imaginable. Desde los primeros minutos, y pese a la pulcritud estética de estos, la exhaustiva escritura del dublinés, rayana en lo cargante describiendo la extrema, impoluta candidez de Gray, queda aquí reemplazada por un montaje atropellado, con la premura de registrar cuanto más mejor y en menos tiempo. También se adivina en los primeros compases que no es Ben Barnes («Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian») un intérprete a la altura de su papel, demostrando en todo momento incapacidad para afrontar los matices que exigiría un personaje de tal complejidad. Barnes hace increíble a Dorian Gray, le despoja, junto con el devastador montaje, de cualquier progresión desde la inocencia a la corrupción del alma a manos de Henry Wotton, incorporado por Colin Firth, este sí, quizá el actor actual mejor capacitado para recitar las líneas de Oscar Wilde. El lento proceso de perversión, adulteramiento del alma, y la alternativa paternalista y pulsión homoerótica del pintor Basil Hallward (Ben Chaplin), conforman una dualidad siempre desdibujada en la pantalla, mucho menos interesante de lo que debería ser.

Pero lo peor es comprobar cómo «El retrato de Dorian Gray», queriendo alejarse de la planificación más clásica que podría presumírsele, vende la esencia del relato al efectismo, a la aparatosidad y al ruido visual. Esto es, abusivos e hiperestilizados flashbacks, atronadores insertos para el tormento de su protagonista y desastrosas escenas de sexo orgiástico tratando de convencernos de la bajeza moral del hedonismo al que Gray ha sucumbido. Oliver Parker consigue algunos pasajes de oscura belleza, preciosas excepciones que tienen lugar en las calles de Londres o en los muelles. Sin embargo son eso, excepciones, y la película ahoga las valiosas lecturas del texto en su hipervisibilidad terrible. Nunca antes habíamos deseado con tanto ahínco la mortalidad de un personaje inmortal. Presentada a Sección Oficial en el Festival de Sitges ’09, la cinta se encontraba entre lo más prescindible de la edición.

Calificación: 4/10

En las imágenes: Fotogramas de «Dorian Gray» – Copyright © 2009 Ealing Studios y Fragile Films. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

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