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«El árbol de la vida»: Y el Universo parpadea

Críticas

«El árbol de la vida»: Y el Universo parpadea

«El árbol de la vida» es un poema visual de inagotable belleza y no apto para todos los paladares. Terrence Malick firma una nueva obra maestra, una película capaz de equiparar en intimismo el nacimiento del Universo y el microcosmos de una familia.

_ Andrei, ¿qué es el arte?
_ Para definir el arte o cualquier otro concepto, antes debemos responder a una pregunta más amplia: ¿Cuál es el significado de la vida del hombre en la Tierra? Tal vez estamos aquí para elevarnos desde un punto de vista espiritual. Si nuestra vida tiende al enriquecimiento espiritual, entonces el arte es uno de los modos de alcanzarlo.

Diálogo entre Donatella Baglivo y Andrei Tarkovsky en el documental «Un poeta en el cine» (Baglivo, 1984)

En medio de la búsqueda de sentido de la obra en la que cientos de páginas, ríos de tinta se embarcan estos días a propósito de «El árbol de la vida» (ver tráiler y escenas), cae a menudo en el olvido la experiencia de abandonarse, articulaciones de estructuras y significados a un lado, al flujo incesante de imágenes cuya búsqueda instintiva de la belleza infinita tiene algo que ver con la convicción espiritual de un panteísta convencido. Las lecturas en el cine de Terrence Malick nunca fueron tan etéreas, tan insostenibles como en su último trabajo, por su sencilla y al tiempo insoslayable naturaleza: la de un misterio hermoso que queda implantado bajo la epidermis, a un nivel indiscutiblemente anímico, pero que jamás podrá ser resuelto en un único visionado. Ni en dos. Quizá sea ese poema quimérico que, una vez leído, nunca deja de germinar y transformarse dentro de toda sensibilidad abierta a plantearse la incógnita de la propia existencia y de su relación con todo lo que le rodea y le ha precedido desde el principio mismo de los tiempos. Es decir, versos de imposible reducción a un mero significado, una explicación que zanje a modo de reseña la visión trascendentalista de Malick, la evolución última de la influencia de Martin Heidegger sobre el realizador.

Es inútil forzar el análisis en la tarea de ubicar “El árbol de la vida” en su lugar en el cine, en el arte. Ni siquiera es seguro que el tiempo llegue a emplazarla en el sitio que merezca o desmerezca. Llamaba la atención Adrian Martin, en su magnífico texto sobre la película, hacia el rasero que parte de la crítica se había encargado de aplicar para denostar la obra en cuestión: la prohibición presupuesta de escribir, en los mismos renglones, el origen del Universo y el microcosmos de una familia de Waco, Texas, en los años 50. No es difícil entender ese empeño del director por el contrapunto de lo micro a lo macro: en una Tierra donde la vida se manifiesta por primera vez, brota la piedad en el gesto de un dinosaurio que perdona la vida a su presa; millones de años después, la violencia implícita en la autoridad de un padre, da paso al arrepentimiento por no saber manifestar el cariño protector hacia su hijo, a la caricia forzada que sigue a la instrucción severa. Existe el camino de la naturaleza y el camino de lo divino, dice una temprana voz, y conviven en ambos momentos y en perfecta armonía, en la epifanía incontenible de una galaxia que nace majestuosa con la Lacrimosa de Zbigniew Preisner, en la vida que crece pletórica en el jardín de los O’Brien al compás del poema sinfónico y patrio de Smetana, en la danza de sombras en el porche bajo los cánticos fúnebres de Tavener y Thekla. Para Malick, existe la misma intimidad conmovedora en el ocaso de un planeta y en la pérdida de un hijo, en la luz que precede al comienzo de toda existencia y en el primer contacto de un niño con la muerte.

Se trata de aquél otro mundo, el que el soldado Witt (Jim Caviezel) anunciaba al sargento Welsh (Sean Penn) al inicio de «La delgada línea roja» (Malick, 1998), aquél que quizá sólo moraba en su imaginación, y que nunca vería su superior. Dos películas después, el personaje de Sean Penn en «El árbol de la vida» vaga entre rascacielos de cristal que han contemplado cómo la humanidad se apagaba y se devoraba en su codicia, antes de acceder a las puertas de un limbo celestial que cierra, en un final tan místico como felliniano, ese círculo que lleva a la final comprensión que nunca creyó alcanzar Welsh: la plegaria de un Jack O’Brien adulto (Penn) demanda ser guiado hasta el fin de los tiempos; y es allí, en una playa que ha dejado atrás un mundo de titánicas arquitecturas pero irreversiblemente desolado, donde la naturaleza y la gracia encuentran una reconciliación que siempre fue verdadera y nunca dicotómica, manifiestada en el espontáneo beso de Jessica Chastain a Brad Pitt, mientras gira la procesión en torno a un milagroso árbol que nace de entre medio de las aguas, como aquella diminuta planta que despedía «La delgada línea roja», en el quizá más estremecedor plano del cine malickiano.

Ese epílogo, profundamente turbador y gratuitamente desdeñado como puntilla new age a las divagaciones existenciales de su autor, regala la plenitud y el sentido de la celebración a un discurso que su filmografía ha venido forjando durante décadas. La voz susurrada de Chastain lo resume: sin amor —a todo, a todos, a cada rayo de luz—, la vida pasa como un destello. El cine de Terrence Malick reitera su proposición del milagro de la vida en el destello que ésta significa dentro del mundo, en el Universo al que se debe pero sobre el que rara vez se cuestiona. Y es en esa microscópica parte del todo, en cada parpadeo de ese inalcanzable misterio que rastrea el cineasta, donde cobran sentido las más ilimitadas emociones y todo sucede: Holly (Sissy Spacek) y Kit (Martin Sheen) se reencarnan en Jack (Hunter McCracken) y su compañera de clase paseando por las calles de Waco; la señora O’Brien (Chastain) recoge la infinita bondad e inocencia de Pocahontas (Q’orianka Kilcher); y el plano de un cocodrilo adentrándose en un pantano melanésico con el Réquiem de Fauré, se hermana con el silencioso halo de luz que concluye este poema de inagotable belleza. Todo, en un parpadeo.

Calificación: 10/10


En las imágenes: Fotogramas de “El árbol de la vida”, película distribuida en España por Tripictures © 2011 River Road Entertainment. Todos los derechos reservados.

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