“El capital”: Un cuento de la crisis

Por Jordi Revert | LaButaca.net | 3 diciembre 2012

“El capital” describe un mundo en que cualquier resquicio de humanidad ha quedado sustituido por valores numéricos para el mercadeo. Compleja e inteligente, evita evidencias y habla de una realidad atroz que ya ha cruzado líneas rojas.

Hay en el título de esta crítica dos contradicciones. La primera, que “El capital” (ver tráiler y escenas ) de Costa-Gavras no es realmente un cuento, al menos no entendido en el sentido tradicional. Su director lo describe como tal, pero no presenta su película un relato cuya evolución derive hacia la solución o la moraleja. Hay una conclusión contundente, rabiosa escupida directamente a cámara, pero no adquiere el tono de lección aprendida, sino de fatídica profecía. Y ahí es donde entra la segunda mentira: no trata de la crisis, sino del mundo que desde la antesala ha propiciado la catástrofe. Trata de la globalización de la avaricia sin límites, de la conversión de todo valor humano a moneda de cambio para el mercadeo internacional. Pero los hechos que narra se extraen de la novela homónima de Stéphane Osmont, escrita cuatro años antes de que la quiebra de Goldman Sachs diera el pistoletazo de salida oficial a la crisis de deuda.

Y sin embargo, “El capital” es ese cuento de la crisis porque articula la compleja anatomía de la debacle económica y porque lo hace en clave de ficción brutal, que apremia a la reflexión no evidenciando la tortuosa moralidad del discurso oficial de poderosos, banqueros y especuladores, sino asumiendo que en él ha desaparecido cualquier recoveco moral que guarde margen a la compasión, la solidaridad o la humanidad. Su protagonista —un Gad Elmaleh más funcional que brillante— no admite modulaciones, es un depredador de las finanzas que lucha por mantenerse en lo alto de la cadena y seguir acumulando más millones y bonus de los que puede traducir en algo palpable. He ahí uno de los elementos más interesantes y alarmantes de la cinta: la avaricia se ha convertido ya en un fin antes que en un medio, en el objetivo que da sentido a un personaje incapaz de gestionar sus experiencias hedonistas —los frustrados intentos de acostarse con una top model—, pero necesitado de la vampirización como hoja de ruta. La consagración de esa figura en lo alto de la pirámide del capital, también, habla de una realidad que ha cruzado líneas rojas, el superado punto de no retorno hacia la definitiva sustitución de la ética financiera por el guarismo amoral.

Director de algunas de las obras políticas fundamentales del cine, el griego Costa-Gavras queda hoy lejos de la excelencia de títulos como “Z” (1969) o “Desaparecido”  (1982). Su último trabajo a menudo confunde la pasión narrativa —acorde al vértigo de los mercados— con la necesidad de llamar la atención del palco —las veces en las que el personaje de Elmaleh rompe la cuarta pared o reimagina el momento a su conveniencia—, licencias prescindibles para vigorizar un relato que ya es fascinante desde su mismo enfoque. En este sentido, es indicativo de la inteligencia del creador el no plantear contraposiciones que desemboquen plácidamente en el discurso y la tesis final. Muy lejos de establecer dicotomías entre avaros de traje y damnificados a pie de calle, el director acota su mirada a los primeros, deambula con velocidad frenética entre despachos, zonas VIP y hoteles que deslocalizan el lujo, pero además anuncia la imposibilidad de revocar ya un juego —el del capitalismo— ante el que solo queda participar o morir. En ese escenario global, observar cómo un grupo de consejeros especula con los beneficios resultantes de despidos masivos debiera ser suficiente para despertar un  profundo malestar el espectador, que solo encontrará una correspondencia visceral a esa sensación en la lapidaria, tajante afirmación final.

Calificación: 7/10

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