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«El castor (The beaver)»: Bricolaje a la soledad

Críticas

«El castor (The beaver)»: Bricolaje a la soledad

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«El castor (The beaver)» tiene un guión excesivamente convencional e inverosímil. Sólo se salva la lucha interpretativa de Mel Gibson consigo mismo, en un papel que llena la pantalla y que demuestra su capacidad como actor.

Dejamos la depresión del protagonista de «North» (Rune Denstad Langlo, 2009), estrenada la semana pasada, para instalarnos en la de Walter Black, un emprendedor de éxito en la industria del juguete y un padre de una familia feliz que lleva tiempo sintiéndose un fracasado. Tras varias tentativas de suicidio, entiende que necesita distanciarse del pasado y comenzar una nueva vida, y no se le ocurre otra cosa que cederles la palabra y la personalidad a una marioneta-castor que maneja compulsivamente con su mano. Su entorno familiar y profesional contempla absorto e incrédulo esa estrategia terapéutica, en lo que pretende ser un bricolaje profundo que encontrará más de una dificultad.

«El castor (The beaver)» (ver tráiler) se presenta como «el retrato de un hombre irremediablemente deprimido» que se escondió tras un castor para encontrarse a sí mismo. Y también como una fábula que nos dice que tenemos que aceptarnos como somos, con nuestra herencia y nuestras circunstancias, sin huir del pasado y sin aislarnos en la soledad. De hecho, la película que dirige Jodie Foster comienza con un tono un tanto cómico, presentándonos a un Walter que no sabemos si tomar a broma o en serio. Su patetismo raya el ridículo hasta que su figura se carga de dramatismo en su tercio final, cuando logra las mejores escenas de Mel Gibson luchando contra sí mismo o contra el castor. Son momentos de gran intensidad y gravedad, con todos los tics expresivos del actor y la personalidad que dota a su alter ego de trapo. Mejor el Gibson-castor que el Gibson-padre en una terapia que trata de evitar la depresión para caer en la esquizofrenia más atroz y dolorosa.

Fuera de esa relación bipolar Walter-castor que tiene un puñado de buenos diálogos e interpretaciones, el resto del guión resulta excesivamente convencional e inverosímil, con el retrato plano de una esposa a la que la propia Foster no logra dar cuerpo —el problema es de guión, no de interpretación— o el de un hijo mayor que trata de alejarse del modelo paterno, pero cuya lamentable —y televisiva— aventura romántica o sus trabajos literarios de suplantación no convencen a nadie. Fallidas la trama familiar y la laboral —risible es su campaña promocional del nuevo juguete artesanal—, al igual que esa entrevista televisiva con moraleja incluida y demasiado explícita. Sólo se salva la lucha de Gibson consigo mismo, con un papel que llena la pantalla y que demuestra su capacidad como actor.

Con este drama, Jodie Foster quiere hablarnos de la locura de quienes fingen ser felices con un «todo se arreglará», de aquellos que se mienten al hacer de otras personas —el padre y el hijo son muy parecidos— o de los que esconden su dolor o su pasado difícil. En ese sentido, está conseguida la escena en que el mural de la sinceridad cubre la pared de la habitación del hijo adolescente y oculta todos los post-it con sus manías y temores. También es sugerente esa metáfora del castor como el ego que se quiere a sí mismo de manera obsesiva y que trata de distanciar a la persona de los que le rodean.

Al final, resulta que la marioneta no será tan dulce y suave como parecía, y que el bricolaje no era tan profundo y eficaz. El espectador habrá asistido a una cinta correcta y con abundantes concesiones sensibleras —en la historia familiar y adolescente—, que transformó lo patético en dramático y emotivo. Al igual que el hombre irremediablemente deprimido se convertía en castor, para volver después a ser hombre y no sentirse ya solo.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “El castor (The beaver)”, película distribuida en España por Aurum © 2011 Summit Entertainment, Participant Media, ImageNation Abu Dhabi y Anonymous Content. Todos los derechos reservados.

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