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«El mal ajeno»: El dolor de la impostura

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«El mal ajeno»: El dolor de la impostura

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Irregular ópera prima dominada por la impostura dramática. «El mal ajeno» se debe más bien a los denominadores comunes estilísticos y narrativos de su productor ejecutivo, Alejandro Amenábar y su guionista, Daniel Sánchez Arévalo.

Antes que el propio director y debutante, Oskar Santos, hay dos nombres claros determinantes en la suerte dramática y estética que corre «El mal ajeno». Por un lado, el encabezamiento de los créditos por el aquí mecenas Alejandro Amenábar, impone una factura visual de lujo y una cierta sugerencia de herencia, continuidad del thriller sobrenatural (a «Abre los ojos» me remito). Por otro, el libreto a cargo de Daniel Sánchez Arévalo («Gordos», «Azuloscurocasinegro») también sugiere ciertas preocupaciones en cuanto a la habitual incontinencia narrativa del firmante del mismo que, lamentablemente, acaban confirmándose.

Lo que empieza como una cover de honrosa estofa de «El protegido» (M. Night Shyamalan, 2000), entregada a un arrollador potencial visual que tiene su cumbre en el «despertar» post-traumático del personaje de Eduardo Noriega, pronto deriva en una trama que quiere zafarse a toda costa de las acusaciones de estancamiento, pero que ya está incurriendo en una carrera de fondo en la que los impostados vericuetos dramáticos llevan al retorcimiento y desgaste de la narrativa, más próxima a un capítulo extendido de «Hospital Central» que a un verdadero ejercicio de género. Santos sólo parece aquí el canalizador de tanto la impecabilidad de producción amenabariana como de los excesos de la escritura de Sánchez Arévalo, aquí firmando un guión definitivamente a la deriva, agotador y tempranamente agotado. La fascinación fantástica por la transferencia del don sanador del protagonista se contiene en su premisa, y no en un desarrollo posterior en el que, por reiteración de situaciones e impostados vuelcos de la tensión emocional, acaba alejando cualquier interés por las necesidades o capacidades afectivas de ese médico tornado curandero, o de ese padre de familia que llega tarde a su familia.

En medio del embrollo hospitalario, la diversas decadencias y restauraciones anímicas de los personajes se saldan con igual irregularidad: Eduardo Noriega sobrevive a un papel al que se le presupondría gran estatura dramática, pero cuyo mal desarrollo impide la implicación emocional de parte de la platea; Belén Rueda sufre las consecuencias de un personaje secundario olvidado, apartado en la decisiva encrucijada de líneas argumentales y tormentas finales; Cristina Plazas y Luis Callejo sacan petróleo de los suyos correspondientes. No obstante, lo verdaderamente doloroso de «El mal ajeno» es su querer y no poder sobreponerse a la impostura de la tragedia que inunda el relato tras un arranque prometedor; casi tanto como advertir que el proyecto, más que a la personalidad y valentía de un debutante, se debe más a los respectivos denominadores comunes, estilísticos y narrativos, de su productor ejecutivo y guionista, demasiado presentes en el resultado final.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de «El mal ajeno» – Copyright © 2009 MOD Producciones, Himenóptero y Telecinco Cinema. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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