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«El niño de la bicicleta»: Corazones del extrarradio

Críticas

«El niño de la bicicleta»: Corazones del extrarradio

Los Dardenne firman una fábula luminosa, precisa y bellísima que no abandona su compromiso social. Los actores de «El niño de la bicicleta» otorgan una dimensión sensible a sus personajes que hace prescindibles antecedentes y justificaciones. 

Las ásperas, insistentes caminatas de «Rosetta» (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 1999) en busca de empleo quedaban remarcadas, a través de la economía de los Dardenne, como significantes del compromiso social que adquiere su cine. En ese cine, las crisis no pertenecen a causas generales que en ocasiones se nos describieran como inevitables, impuestas, sino a crisis personales que hablan del fallo institucional, del fracaso de los contratos sociales. En ese compromiso, sus personajes son parias que luchan con tenacidad por una integración emocional, laboral. Donde Rosetta se obstinaba en encontrar un trabajo, el adolescente Cyril (Thomas Doret) se aferra a un padre que le ha abandonado, antes de que el desencanto dé paso a la reubicación forzosa de los afectos, entre la cariñosa e incondicional protección de una peluquera (Cécile De France) y la hermandad perniciosa de ciertos agentes del extrarradio.

Ese cine de constante búsqueda, de obstinados personajes de subrayadas taras emocionales que pasean por los paisajes hostiles de estructuras sociales agotadas, comparte el escenario de Sereign, Bélgica. Un lugar que establece un vínculo íntimo con los realizadores, y el único en el que ganan validez las transformaciones internas que desmarcan «El niño de la bicicleta» (ver tráiler) de títulos anteriores de los hermanos. En su último trabajo, Jean-Pierre y Luc empiezan con la misma desesperación, la cámara en mano que seguía angustiosa a Rosetta en su cruzada particular. Sin embargo, pasado un primer tramo de la cinta, ésta vira hacia tonalidades de fábula, con las dosis exactas de iconismo y pregnancia visual —la vestimenta, siempre roja, de Cyril— y las suficientes derivaciones morales para suponer un cierto alejamiento de la más cruda e inaccesible gramática de periferia. Sin sentimentalismo pero con cariño infinito, los Dardenne han firmado una película luminosa que no renuncia a sus temas de siempre y que además golpea como si todo su optimismo hubiera sido, al final, en balde.

Hay, también, dos puntuaciones necesarias para entender la nueva tesitura. Por un lado, la inclusión de una actriz consagrada como es Cécile de France, al margen de los habituales de los directores que aquí ocupan papeles más pequeños. De France retrata, sin aparente esfuerzo, una madre accidental que, sin más motivo aparente que el de un abrazo inesperado, abre incondicionalmente su corazón a un adolescente desamparado. Por otro, el fragmento preciso de un concierto para piano de Beethoven, que suena en momentos escogidos no con ánimo de drama ni trascendencia, sino como música incompleta que transmite, precisamente, las carencias afectivas que inundan el personaje. La interpretación de Thomas Doret, como el sujeto sobre el que esa fábula articula esos tímidos mecanismos, además, otorga a la cinta una nueva dimensión sensible, una que no necesita de antecedentes ni justificaciones dramáticas para conseguir un personaje profundamente conmovedor, pero que simplemente pasaba por allí.

Calificación: 8/10

Imágenes de «El niño de la bicicleta», película distribuida en España por Wanda Visión © 2011 Les Films du Fleuve, Lucky Red, France 2 Cinéma, Wild Bunch, Radio Télévision Belge Francophone (RTBF) y Belgacom TV. Todos los derechos reservados.

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