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«El secreto de Adaline»: Vacas mirando el tren

Críticas

«El secreto de Adaline»: Vacas mirando el tren

Drama romántico con un toque fantástico tristemente desarrollado y escasamente atractivo para quienes no sean incondicionales de su protagonista principal y aquellos que disfruten de los fondos de armario extensos y bien lucidos. Para el resto: castañazo.

Cuando tenía 29 años, Adeline (Blake Lively) fue víctima de un accidente de coche + fenómeno meteorológico extraño narrado en off. En consecuencia, dejó de envejecer. Una posición de ventaja que la impulsó a dedicar su vida a hacer frente a las injusticias del mundo, combatir el Mal y… ah, no, espera un momento. Decidió no hacer NADA. Pelar la pava. Huir de todo apego emocional que despertara sospechas en terceros. Pues muy bien. Eso sí, usa los ascensores, como un mortal cualquiera; y en uno conocerá a un guapazo (Michiel Huisman) que vaya, vaya… Amigos de la parsimonia, aquí tenemos «El secreto de Adaline», una carga de profundidad de montones y montones de minutos que sorprende por su falta de sorpresa, por su falta de todo lo que no sea una puesta en escena al servicio de lo cuqui, de lo chupi, de lo monísimo. Ajá.

El secreto de Adaline

«Sin ella nada tiene sentido». Pues con ella tampoco te creas tú que… en fin. A partir de uno de los guiones más pobres de la década -que sea un disparate total no tiene por qué ser forzosamente una traba-, el director Lee Toland Krieger se vuelca en seguir las andanzas de una protagonista con la que es imposible empatizar, no ya por lo dudoso de sus impulsos vitales, su dulce antipatía y su comportamiento errático-esquizoide, sino por el giro verdaderamente perverso de la trama -en un sentido crepusculiano y bizarramente paraendogámico- según avanza hacia un tramo final total, desopilante y definitivamente ridículo, envuelto el conjunto en un espectro técnico correcto pero que enerva al tratar de aunar romanticismo e intelectualismo pseudo científico de un modo imposible y agotador. Qué tostón.

El secreto de Adaline

Blake Lively luce maravillosa sus trapitos y peinados, reconoce primeras marcas de bisutería en un vistazo, juega al Trivial que da gusto verla, chapurrea idiomas y sabe de libros. Guau. Pero es un ladrillo actuando, por muy bonita que sea. Y su rostro es tan mate como el de Harrison Ford, el otro gran maquillado de la película, aunque es justo reconocer que la mínima emoción de la propuesta deriva del trabajo del actor y de Ellen Burstyn, aunque en ocasiones parece tan despistada que uno duda de si está actuando o realmente no entiende nada de lo que pasa. Michiel Huisman muy bien, muchachote, tan pulcro, tan filantrópico y tan majete y tan de todo. Y con pasta, además. «El secreto de Adaline» es un nuevo ejemplo de que en Hollywood ya nadie lee los proyectos: tiran para adelante, y punto. Aúpa.

Calificación: 2/10

“El secreto de Adaline“, película distribuida en España por eOne Films Spain © 2015 Lakeshore Entertainment y Sidney Kimmel Entertainment. Todos los derechos reservados.

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