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«Eternal»: No estaba muerto, ni estaba tomando cañas

Críticas

«Eternal»: No estaba muerto, ni estaba tomando cañas

Bodrio sci-fi que juega al despiste para atraer la atención del espectador aunque su trama, planteamiento y puesta en escena descubren la terrible realidad pasados unos minutos: no es interesante, no es novedoso, no es una propuesta a tener en cuenta.

Albright (Matthew Goode) tiene una empresa que ofrece el mejor de los servicios: si eres anciano, si estás enfermo, si ves cerca el Final, puede transferir tu conciencia a un cuerpo sano. Y guapo y cachas, en el caso de Damian (Ben Kingsley), que va a cambiar su desgastada percha por la de un joven ex-soldado y patriota USA (Ryan Reynolds). Yeah. Eso sí: 250 millones de dólares por delante, por favor. Los guionistas Àlex y David Pastor aprenden rápido y se integran en Hollywood un poquito más proponiendo lo que se estila por California estos tiempos: un tostón que parece ofrecer algo y no ofrece ni los buenos días; eso es «Eternal» (ver tráiler), un bodriazo sci-fi dirigido por el artísticamente dislocado Tarsem Singh. A la celda vas a ir. Y más por parecerse todo tan sospechosamente al clásico plan diabólico de Frankenheimer. Mmm…

Eternal

«¿Se siente inmortal?». Lo del cineasta se despacha rápido, porque si lo único que definía su filmografía era su gusto estético, aquí el espectador ni siquiera rasca un plano ante el que quedarse boquiabierto: por tramos parece, incluso, una remasterización de algún chiquiclásico noventero de videoclub. En realidad, aquí la boca se abre para bostezar, porque no hay ritmo, ni tensión, ni hilo narrativo apetecible -estamos ante una de esas películas que quieren molar y volar alto desde el montaje (fatal) o la banda sonora (llamativa al principio, lacia progresivamente)-. Por no haber, no hay ni slo-mo de esa que unos años atrás te hacía ser/parecer lo más; os quedáis solos, Zack Snyder y Paul Anderson

Eternal

Insalvable: quitas a Ben Kingsley, pones a Ryan Reynolds. Se acaba el trabajo de interpretación, empieza el soserío. Y eso que la transición de uno a otro marca el inicio de un thriller de acción que abandona los masticables, exigentes, más satisfactorios terrenos de la ciencia-ficción neuronal de corte clásico. Pero es tan torpe en conjunto que el cambio de género se torna agrio hasta la mueca. En fin, es lo que hay, así que a disfrutar con el despliegue gestual de Reynolds, que empieza a recordar un poco… ¿a Richard Gere? Esos tristes, tristes y pequeños ojillos… En cuanto a Matthew Goode, pues un pincelín, como siempre. Y poco o nada más. Bueno, sí, una niña (Jaynee-Lynne Kinchen) en cuyos traumas -huérfana ahora sí… ahora no; ahora sí… ahora no- nadie parece pensar. Poneos en su lugar. Qué horroroso horror.

Calificación: 2/10

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