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«Fama»: Talentos sin alma

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«Fama»: Talentos sin alma

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Una actualización prescindible de la película de Alan Parker, en la que el dibujo endeble de los personajes y la corrección casi catequística de sus relaciones se unen a un espectáculo prefabricado y sin alma.

Oportunista revisión del título que Alan Parker firmara en 1980, «Fama» adquiere, a consecuencia de la transformación del concepto en fenómeno televisivo, una notoriedad que le asegura más la fidelidad del espectador formado en los reality de la pequeña pantalla que la de un improbable sector de acérrimos a la fuente original del invento. Y la actualización no deja margen a la duda: se tratan sensibilidades teen con el apremio de los nuevos tiempos (y sin el encanto de los de entonces), se exorciza casi por completo el espíritu meramente festivo y queda un rápido mosaico de bellezas pletóricas exhibiendo sus habilidades.

Tras un enérgico y estimulante comienzo, eficaz presentación de los principales personajes a seguir, la prometedora estructura capitular (la narración se estructura en los años académicos en los que transcurre la acción) queda en segundo plano ante la endeblez con la que Kevin Tancharoen traza los conflictos personales de los alumnos de la escuela, esbozos adaptados a un prefabricado mensaje de esfuerzo y empecinamiento que llevan a alcanzar el objetivo final. Ni la poquedad interpretativa de buena parte del elenco ni la caricaturesca definición de unos padres específicamente impuestos en el guión para cortar las alas de sus talentosos hijos ayudan a vigorizar un retrato coral pero diluido, que nada tiene de generacional ni de sentido, y sí mucho de una corrección casi catequística (el reducidísimo tratamiento que reciben las relaciones de amistad o de amor entre los jóvenes).

Tampoco la mejor baza que Tancharoen disfrutaba, la de la transferencia de los sueños rotos de un miembro del profesorado a uno de sus alumnos, es aprovechada para vigorizar el componente dramático de «Fama»: el desencanto de la profesora encarnada por Megan Mullally, tanto como el que se intuye en los rostros de Kelsey Grammer o de Charles S. Dutton, queda confinado a minutos residuales, desaprovechando fatalmente las intervenciones de dichos nombres (en el caso de Grammer, de forma flagrante) en apariciones ridículas en pantalla a las que el cineasta no permite ser la alternativa, desvíos de un conglomerado de espectaculares números musicales (con sus correspondientes e insulsos intermedios) entre los que, desgraciadamente, ni uno solo puede levantarse con la suficiente entidad para compararse con aquella celebérrima celebración en las calles de Nueva York que tenía lugar en la original.

Calificación: 4/10

En las imágenes: Fotogramas de «Fama» – Copyright © 2009 Lakeshore Entertainment, United Artists y Metro-Goldwyn-Mayer. Distribuida en España por Wide Pictures y Filmax. Todos los derechos reservados.

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