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Actores y actrices

Fernando Fernán-Gómez, ya en la ciudad sin límites

Kilómetros y kilómetros de panegíricos se han escrito con motivo de la muerte de Fernando Fernán-Gómez y, sin embargo, ésta es una de esas escasas ocasiones en las que todo lo que se diga se queda corto. Más allá de los comentarios jocosos que determinadas actuaciones públicas de la persona habían despertado en los últimos años, seguía existiendo el actor de raza, uno de los pocos rostros de nuestro cine que fijaban la pantalla con su sola presencia. El suyo era uno de esos casos curiosos en los que, a pesar de que lo que tenías ante ti era siempre la misma figura, la misma voz, la misma expresión, en cada ocasión se obraba el milagro: veías a Fernán-Gómez, le reconocías inmediatamente pero, a la vez, se convertía en su personaje. El suyo era de esos casos en los que se cumplía a la perfección el viejo aserto de que el cine es lo más parecido a la magia: cuando aparecía, nos dejábamos embelesar y embaucar, porque con él nos sentíamos confiados; nunca nos defraudaba.

En los últimos años no parecía dar importancia a muchas de las cosas que hacía; sin embargo, sus presencias todavía eran poderosas, aun en la etapa en que muchos actores se limitan a poner el piloto automático y vivir de las rentas acumuladas (y no sólo en nuestro país, puesto que, desgraciadamente, corren malos tiempos interpretativos para muchas de las glorias del cine). Mucho se ha hablado de sus grandes clásicos, de las películas que le lanzaron, de las que harán que sea recordado por mucho tiempo. No obstante, aquí, quiero dejar constancia de una obra si se quiere menor en su filmografía pero que a mí, particularmente, me subyuga, en gran parte por la presencia de Fernán-Gómez en el papel de un hombre moribundo, casi sin memoria, y que se escapa por las calles de París en busca de algo que fue crucial en su vida, un secreto que de repente le pesa demasiado como para llevárselo consigo a la tumba. Nunca olvidaré el momento en el que su hijo en la ficción, Leonardo Sbaraglia, le encuentra; nunca olvidaré su mirada de desamparo y de tristeza. Es uno de esos instantes que definen a los grandes actores; lo que ocurre es que, en el caso de Fernán-Gómez, fue sólo uno de tantos. Su título: «En la ciudad sin límites», de Antonio Hernández.

En la imagen: Fernando Fernán-Gómez y Leonardo Sbaraglia en «En la ciudad sin límites» © 2001 Zebra Producciones. Todos los derechos reservados.

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