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«G.I. Joe»: Juguete temerario

Críticas

«G.I. Joe»: Juguete temerario

«G.I. Joe» es, probablemente, el blockbuster más temerario visto en años. Stephen Sommers ofrece destrucción masiva y chistes de croissants, y el resultado es un efugio bello por humilde, un juguete sin afán de trascendencia.

Al igual que «Transformers: la venganza de los caídos», «G.I. Joe» disfruta de vocación palomitera en su disposición a ofrecer ejercicios de acción a discreción y punch-ups tontorrones. Pero, y he aquí la diferencia, se intuye en esta una mayor consciencia de la lobotomía, un espectáculo vacuo varios enteros más sincero, deudor y honroso de la serie B que el de Michael Bay. Uno insólito capaz de entregarse al delirium tremens sin miedo a enseñar sus vergüenzas (los efectos visuales rayan lo desfasado), al militarismo sin loa y a la síntesis que exige el producto. Algo que Bay no se puede permitir.

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«G.I. Joe» es, probablemente, el blockbuster más temerario visto en años. Abiertamente descerebrado, explícitamente entregado a una sucesión inagotable de escenas de acción y descarado en el lucimiento de los esculturales cuerpos de sus protagonistas. Stephen Sommers ofrece destrucción masiva y chistes de croissants, y el resultado es una bonita pirotecnia que viene a tener los mismos efectos que un capítulo de la deliciosa serie de televisión también inspirada en el muñeco: un efugio bello por humilde, un juguete (redimensionado en sus proporciones pero juguete, en esencia) sin afán de trascendencia. Esto es cierto hasta el punto de que, si bien a Sommers no parece preocuparle en exceso la autoparodia como recurso, no deja de rubricar su plano slow motion y contemplativo de los G.I. Joe (à la «Armageddon») con un «Dios, qué guapos estamos» de parte de Ripcord (Marlon Wayans).

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Ahora bien, lo verdaderamente sorprendente es la no menos arriesgada apuesta narrativa. Sommers decide presentar a cada personaje con un desmedido uso del flashback, remitiéndonos a los muchos y fugaces pasajes que van proporcionando paulatina información de sus pasados, con suerte distinta: funciona el respectivo a Snake eyes (Ray Park) y Storm Shadow (Byung Hun Lee); pero flaquea hasta lo increíble el que debiera ser el más atractivo, el de ‘El doctor’ (Joseph Gordon-Levitt). Por otra parte, es el último tramo de la cinta el más dañado por acumulación, esto es, el empeño por erigir un circo de tres pistas en un final múltiple y demasiado alargado que acaba pasando factura.

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Pero lo cierto es que el efecto que esos lastres puedan tener sobre el cómputo global es mínimo: al final de la función, nada perdura más allá de una casi infantil sensación de gozo, de la simpatía que despierta su evidente anarquía, su escalada de lo descabellado. Una reconciliación encubierta del espíritu de la serie B con el gran público (Sommers sabe hacer esto bien, como ya demostrara en «The mummy (La momia)»). De alma festiva y desenfadada, «G.I. Joe» proclama y hasta celebra su planitud. Y es sólo así como puede honrar a sus fuentes (los muñecos de acción, la serie televisiva) sin morir en el intento. Queda por ver si ese espíritu sobrevive a las secuelas, prometidas en un epílogo que encierra, en el silbido de Jonathan Pryce, una acertada travesura con la que proseguir la juerga.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «G.I. Joe» – Copyright © 2009 Paramount Pictures, Spyglass Entertainment, Hasbro y Di Bonaventura Pictures. Fotos por Frank Masi. Distribuida en España por Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

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