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«Good»: El buen nazi

Críticas

«Good»: El buen nazi

«Good» es incapaz de elaborar ese discurso penetrante tan necesario, de clavarse como una aguja en la conciencia del espectador. Buena parte de culpa la tienen sus personajes, lindantes con la planitud, en algunos casos, y estereotipados, en otros.

Como obra, «Good» es un paso al frente a la hora de continuar reivindicando una exploración sociológica del Holocausto, de ahondar en los círculos de culpa y participación (activa o pasiva) de una nación en la perpetración del genocidio. Es necesario, imperativo que el espectador no piense que todo está dicho en torno a la Alemania nazi, y que textos como el de C. P. Taylor se conviertan en piedra angular de una reflexión colectiva. Tan necesarios como autores que sepan trasladarlos a la pantalla con una gramática cuanto menos apañada, cuanto menos capaz de propinar la misma patada en el estómago y las mismas vueltas a la cabeza que desde las tablas.

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El libreto de John Wrathall rompe necesariamente (¿necesariamente?) con dos premisas de la obra teatral: reajusta el diseño de producción a la enésima ambientación del Tercer Reich y devuelve la relación personaje-espectador a los cauces cinematográficos. Esto, que implicaba la imposibilidad de desentrañar abiertamente los pensamientos de John Halder (Viggo Mortensen), para Wrathall se traducía en el reto de que el público pudiera conocerlos sin que el protagonista se dirigiera directamente al mismo. Y la principal aliada debía haber sido la preferencia de la cámara por los espacios cerrados, la mostración de lo que ocurre en el salón de casa antes que en los tremebundos espacios comunes del cine del Holocausto. Identificar la modelación de la masa a través del retrato vital de uno de sus miembros, una de esas tantas «buenas» personas cuya pasividad y debilidad fueron tierra fértil para sembrar paulatinamente la semilla de la barbarie.

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Lamentablemente, «Good» es incapaz de elaborar ese discurso penetrante tan necesario, de colarse por la puerta de atrás de la mente del espectador y clavarse como una aguja en su conciencia. Vale buscar las razones en lugares diversos, y uno de ellos es seguro el fracaso erigiendo los contextos para Halder, los entornos en los que la agonía de una madre debiera apelar a la novela que este escribe y que será convenientemente instrumentalizada por el régimen. Otra razón más poderosa, me temo, es la limitada configuración de los personajes, lindantes con la planitud, en algunos casos, y directamente estereotipados, en otros (véase la rubia aria interpretada por Jodie Whittaker). Ya no se trata de la escasísima penetración que permite John Halder, sino el hecho de encontrarlo antes inánime que pasivo o inocente. Le prohíben impartir sobre Proust mientras se queman libros a los pies de la facultad, pero después trata de convencer (y convencerse) a Maurice (Jason Isaacs) de que lo que adviene ni será tan malo ni durará. Isaacs, por su lado, personifica la lucha de una honrosa interpretación contra las limitaciones de un rol confinado a reiteradas sentencias de reproche. Pese a lo cual, es de recibo reconocerle al actor el grado en que supera su papel siendo la viva imagen del hombre que muere cuando muere su dignidad, que muere cuando mueren el sentido común y la razón que su mejor amigo ha intercambiado por el uniforme de las SS.

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Vicente Amorim desaprovecha un extraordinario material de partida con una dirección sin alma, pobre y dispuesta a pasar por alto las múltiples lecturas y posibles reflexiones que aglutina el texto (repito, la instrumentalización de la eutanasia para legitimar parte de la construcción ideológica del nacional-socialismo alemán). La intensidad dramática permanece casi siempre bajo mínimos y la secuencia final en el campo de concentración poco puede hacer ya para recuperarla. Pretendidamente el plano más bello, el más trágico y virtuoso, en otras condiciones hubiera sido siempre demoledor. No aquí: el Die zwei blauen Augen von meinem Schatz de Mahler suena terriblemente hermoso, se te mete bajo la piel y te deja temblando. Pero es mérito de Mahler, no de Amorim. Porque pese a la conveniente alianza que ha hecho con su música, Amorim no le ha correspondido con la altura que requería el momento, ni la obra de Taylor. Y tras el tajante (y no tremebundo) Good final, uno siempre pensará en todo lo que pudo ser, pero no en lo que fue.

Calificación: 5/10

En las imágenes: Fotogramas de «Good» – Copyright © 2008 Good Film, Aramid Entertainment y Miromar Entertainment. Distribuida en España por Flat Cinema. Todos los derechos reservados.

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