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«Green Zone: Distrito protegido». Política de la estética, política contra la estética

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«Green Zone: Distrito protegido». Política de la estética, política contra la estética

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Paul Greengrass firma un thriller más continuista de la saga Bourne que comprometido con la realidad contemporánea a la que se refiere. El guión de Brian Helgeland peca de exceso de simplificación del escenario político.

La siempre loable reivindicación (o rememoración) del cine como una experiencia estética en su esencia (y primigeniamente, lo es) pasa, en el caso del thriller, por distinguidas firmas que decidieron utilizar su caligrafía al servicio de una realidad que ese cine nunca acabó de ver con buenos ojos. No es casual la admiración que Paul Greengrass le profesa a William Friedkin y a su «French connection: Contra el imperio de la droga» (1971). La película de Friedkin, punta de lanza de aquella era dorada del género de la que Siegel o Lumet también eran culpables, entendía que la política estética del acercamiento realista, la del verismo crudo, gris y neoyorquino, era necesaria para explotar óptimamente el fascinante contexto contemporáneo que disponía a la ficción.

Buscando nuevos culpables, Greengrass lo es por méritos propios de la mejor herencia de aquella tendencia. Su escritura visual empezó delimitándose, efectivamente, al retrato de un contexto crítico de la realidad en «United 93» (2006), título notable y plausible en su vocación reconstructiva de una parcela emborronada de la misma. Sin embargo, iba a encontrar sus mayores triunfos aplicando la misma en la dislocación del ya de por sí dislocado Jason Bourne, eximiéndole en la medida que la action movie lo permitía de las obligaciones políticas del escenario de la Guerra Fría, pero sin renunciar, necesariamente, a sus atmósferas («El mito de Bourne»). La cumbre que suponía «El ultimátum de Bourne», pues, hacía una incógnita del siguiente paso a dar por el realizador: que «Green Zone: Distrito protegido» aborde el Iraq de posguerra como marco del thriller de sello Greengrass, y la infructuosa búsqueda de las armas de destrucción masiva como premisa argumental, implica inmediatamente la voluntad del cineasta de volver al género más comprometido con la realidad de su tiempo; que lo haga con un Matt Damon que cambia el agente atormentado en busca de su identidad por el alférez incrédulo en busca de la verdad, demuestra que apenas sí se han introducido variables definitivas a la fórmula Bourne.

«Green Zone: Distrito protegido» camufla bajo lo políticamente obvio la prolongación de esa fórmula. A diferencia que en el Greengrass externo a la trilogía basada en la creación de Robert Ludlum, aquí la contextualización política habla en contra de la refinada política estética del firmante. No se trata únicamente de la sensación de evidencia omnipresente en la trama, sino también del diálogo que atañe a toda depuración de responsabilidad y deber de los personajes encontrados en Iraq, o la preferencia del retrato simplificado y general (la posguerra iraquí) antes que la sinécdoque eficaz (lo que sucedió en el vuelo United 93). Las asociaciones de Greengrass siguen funcionando a pleno rendimiento: el taciturno carisma que Matt Damon otorga a sus protagonistas, el depuradísimo montaje de Christopher Rouse, la pletórica partitura de John Powell. No obstante, hay una pieza extraña en el engranaje: el libreto de Brian Helgeland acusa un didactismo fútil que, en última instancia, deja a «Green Zone: Distrito protegido» más cerca de las politizadas y livianas entretelas de «Red de mentiras» (Ridley Scott, 2008) que de la austeridad inmisericorde de «En tierra hostil (The hurt locker)» (Kathryn Bigelow, 2008).

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de «Green Zone: Distrito protegido» – Copyright © 2009 Universal Pictures, StudioCanal, Relativity Media y Working Title. Fotos por Jasin Boland y Jonathan Olley. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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