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“Hace mucho que te quiero”: Encerrada en su silencio

Críticas

“Hace mucho que te quiero”: Encerrada en su silencio

Viendo “Hace mucho que te quiero”, uno puede pensar que se encuentra ante un director curtido tras una larga trayectoria cinematográfica, y sin embargo se trata de la ópera prima de Philippe Claudel. De lo que no cabe duda es que nos hallamos ante un gran narrador de historias, alguien que construye sus personajes a partir de los matices y de una contención dramática que los hace próximos al espectador, un buen conocedor del corazón del hombre y de lo que la vida y la sociedad le pueden deparar. Por eso, su debut respira humanismo y autenticidad, dureza emocional y a la vez delicada sensibilidad, y también la capacidad de poner en imágenes interesantes reflexiones sobre el dolor y la libertad interior, sobre la necesidad de abrir el alma para recuperar la vida, o sobre los límites del amor y los peligros de la soledad. Son muchos los temas tratados, siempre con sutilidad y sin excesos, en una trama equilibrada y que no se hace nada pesada, con un Claudel que dosifica perfectamente la información sobre la protagonista, y que sabe abrir ventanas de oxígeno y esperanza a una situación de enorme tensión emocional.

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El drama que se nos cuenta es terrible y doloroso. Una mujer, Juliette, sale de la cárcel después de quince años y tras haber perdido a su hijo, abandonada por su marido y rechazada por sus padres. A través de los servicios sociales, su hermana pequeña Léa es quien la acoge en su casa, en un intento de recuperarla para la vida familiar, laboral y social. Pero el principal escollo para esta reinserción está en la cabeza de esta fémina atribulada, pues sigue encerrada en el doloroso recuerdo del pasado como si de una cárcel se tratara, cautiva en un silencio seco y cortante con el que se niega a explicar lo entonces sucedido, con el firme rechazo a volver a creer en el amor. Han sido muchos años entre rejas y aún no está preparada porque, incluso admitiendo su culpa, no ha llegado a perdonar a quienes la dejaron sola en la desgracia, a quienes no entendieron su amor y le cerraron las puertas al futuro. Estamos ante el mismo sentido moral de “Crimen y castigo”, donde Claudel presenta por un lado a una hermana que busca su redención en una segunda oportunidad que la vida pueda otorgarle, mientras que otra intenta explicar esos comportamientos desde los libros en sus clases de la literatura. Son dos personas de vida muy distinta, estrechamente unidas de pequeñas y después separadas por la tragedia, que ahora tratan de aproximarse y rehacer su vida familiar, pero entre quienes se levanta un muro de hielo construido por el misterio y el silencio.

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Los personajes de Juliette y Léa están construidos desde la inteligencia y la sensibilidad, sin explicaciones innecesarias ni abusos sentimentales, a partir de unas miradas y reacciones tan sutiles como expresivas. Pero, además, el cineasta cuida con mimo a los secundarios dejándoles el espacio suficiente para enriquecer a la pareja protagonista: un capitán de policía sumido en la soledad, un profesor de Universidad de apariencia donjuanesca pero con el alma herida por la ausencia, un director de hospital muy pendiente de las formas y de la imagen, un abuelo mudo que habla tiernamente con los ojos, una niña de quien se escucha lo que nadie se atreve a decir… Son roles que suscitan ambientes de tensión latente o manifiesta, de jovial y amistosa relación en un día de excursión, de esfuerzos por eludir hablar del pasado o caldear el presente dando una nueva prueba de confianza. Si el guión es extraordinario, también lo son las interpretaciones de Elsa Zylberstein y especialmente de Kristin Scott Thomas, quien sostiene el film de principio a fin, a veces sólo con su presencia y mirada: Juliette se carga de un fuerte sentido moral y dramático, permite que el espectador asome a su alma enconada en el dolor después de tanto tiempo, que sienta cómo revive el pasado en su lucha por volver a vivir, a perdonar, a amar… Hay momentos para la emoción contenida y también para el estallido y el sollozo, siempre reflejo de un fuerte sentimiento de sufrimiento y soledad, tan hondo como auténtico; quizá únicamente en el desenlace se ofrezca un giro algo inverosímil, pero no por ello menos intenso.

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A pesar de ser su primer trabajo, el realizador demuestra sensibilidad artística con una precisa planificación, que sabe escoger primerísimos planos de objetos o del rostro del policía, alejarse y seguir a sus personajes con un toque de dinamismo y modernidad, o acompañarlos con elaborados planos secuencia a lo largo de la casa o el museo. Variedad de recursos con la cámara tratados con una fotografía digital que aporta el tono realista, y reforzados por unos acordes de cuerda que generan el dramatismo deseado. Cinta de cuidada factura y numerosas referencias literarias, artísticas y cinematográficas —Racine, Dostoievski, Rohmer— que hablan del hombre y de su drama existencial, con personajes encerrados entre rejas, en el marco de un cuadro, en su propio mundo de culpa, o en una mente enferma de Alzheimer; con algunos muertos físicos, y otros más morales o emocionales; con unas situaciones idílicas y matrimonios o amigos ejemplares, y otras más trágicas en lo personal o familiar. Hay de todo, como en la vida, en un equilibrio exquisito y bien urdido, con historias cuyo pasado se va poco a poco vislumbrando y donde una palabra oportuna se abre paso en el silencio… en su intento por recuperar la vida y la felicidad.

Calificación: 8/10

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  • En las imágenes: Escenas de “Hace mucho que te quiero” © 2008 UGC YM, France 3 Cinéma e Integral Film. Fotos por Thierry Valletoux. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

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