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Críticas

«Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II». Magia y Apocalipsis

Las expectativas devoran a una película que peca de mayor irregularidad respecto a sus hermanas dirigidas por David Yates: «Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II», además, no conserva ni una pizca de humor.

En la experiencia de quien esto escribe, el hype siempre es motivo de desconfianza antes que de fidelización incondicional. Uno ya abrazó antes expectativas desaforadas, y en calidad de adolescente, frente al estreno de «Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma» (George Lucas, 2001). Consecuencia: una exaltación casi inconsciente de la trilogía precedente y una progresiva desilusión ante la mediocridad de la nueva. Los peligros del hype, repetimos, pasan por la fe ciega en un universo en el que queremos identificar nuestras ilusiones, una saga que en teoría avanza con ímpetu hasta hacer de su último capítulo no sólo el más esperado, sino el más completo. O sea, aquél que está destinado al culmen de la gigantesca aventura final que han venido anunciando sus anteriores, el que nunca, bajo ningún concepto, puede defraudar al espectador acérrimo a la saga. El hype te convencerá de todo eso, pero no te avisará de que esa máxima que señala el postrero episodio como definitivo y clímax de imborrable pregnancia, no tiene más razón de ser que la de la propia esperanza del aficionado, el absurdo convencimiento impuesto desde lo mediático de que la última, por ser la última, tiene que ser por fuerza la mejor.

David Yates pasó a ser el director oficial de la franquicia desde que tomara las riendas de «Harry Potter y la Orden del Fénix» (2007), hasta la presente «Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II» (ver tráiler). Antes, Mike Newell, habitual artesano de Hollywood, había firmado la más notable adaptación de la serie, «Harry Potter y el cáliz de fuego» (2005), capaz de bascular sin despeinarse entre el romance teen de instituto y la insinuación gore, y de ahí a la espectacularización de unos juegos olímpicos en su versión para magos. Antes, incluso, Alfonso Cuarón había dejado su impronta en «Harry Potter y el prisionero de Azkaban» (2004), decisiva en el viraje hacia el tenebrismo posterior, y antes, Chris Columbus había firmado las dos primeras en perfecta sintonía de un público infantil al que todavía se dirigían.

Las principales aportaciones de Yates a la saga «Harry Potter» han sido, sobre todo, tres: 1) un progresivo trabajo estético para envolver sus películas de oscuridad y tonos lúgubres, paisajes desangelados que adivinan la llegada de una Edad Oscura; 2) dotar a estas de una contención narrativa más cerca de la pausa que de la prisa, hasta el punto de flirtear con el tedio («Harry Potter y el misterio del príncipe») y reducir la trama hasta el mínimo esencial que permite exploraciones más atmosféricas («Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte I»); y 3) confundir la compleja y tortuosa configuración psicológica de sus personajes con la severidad excesiva, con una total ausencia de humor, elemento recomendable incluso a la hora de abordar un Apocalipsis mágico.

En concepto, esta segunda mitad del último episodio funciona como perfecto complemento de su anterior: la pesadumbre ambiental da paso al fragor de la guerra, las encrucijadas morales y personales dan pie al destino asumido de cada uno. El problema es que Yates, por primera vez en cuatro películas, decide dar rienda suelta a un ímpetu narrador que diluye su acostumbrada moderación a cambio de un sinfín de atropelladas visiones, flashbacks e interrupciones varias de la batalla que amenazan con desesperar al palco en la espera del consabido enfrentamiento último entre Harry Potter y Lord Voldemort. Dicho de otra manera, presenta esta octava entrega más irregularidad en lo que cuenta y cómo lo cuenta, y de paso desvela la poca mano del director para dotar de entidad a sus escenas de acción, a sus momentos más decisivos —por ejemplo, el casi anecdótico final de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), el blanco paseo de Potter junto a Dumbledore en una suerte de limbo semi-consciente—. Todos ellos, en torno a una contienda en Hogwarts que no rehúye ecos de la del Abismo de Helm, pero que dista de la capacidad de inmersión de aquélla, hasta el punto de relegar la muerte al mero daño colateral que sólo cobrará importancia dramática tras el caos.

Y he ahí la paradoja última que esconden los «Harry Potter» de David Yates: el drama que podían apuntar los crecientes paralelismos con el ascenso y poder de los totalitarismos —la progresiva inmersión en la oscuridad, equivalente a la de otros regímenes reales— y sus devastadoras consecuencias particulares, fueron, en algún momento, extirpados por la propia densidad del relato para sólo insinuarse en «Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte I». En su continuación, la expectativa del gran final podría estar imponiéndose, claramente, a un final de épica menos memorable de lo deseado. A cambio, el hallazgo está en el feliz plano-símbolo con que se despide y revive la Fábula de los Tres Hermanos frente a Hogwarts, justo antes de resucitar esa rancia tradición de epílogo que, buscando cerrar el círculo que se abrió en el andén, remite al destino de sus personajes 19 años después.

Calificación: 6/10


En las imágenes: Fotogramas de “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte II”, película distribuida por Warner Bros. Pictures International España © 2011 Warner Bros. Pictures y Heyday Films. Warner Bros. Entertainment Inc. Harry Potter Publishing rights (C) J.K.R. Harry Potter characters, names and related indicia are Trademarks of and (C) Warner Bros. Ent.  Todos los derechos reservados.

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