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«I’m not there»: Dylan infinito

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«I’m not there»: Dylan infinito

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Pirueta experimental de proporciones épicas y encanto irresistible para todo dylanófilo. Excepcionalmente poliédrica y polifórmica, insultantemente fraccionaria e impredecible, «I’m not there» es el mejor (no-)biopic posible de Bob Dylan.

No es casual que la escena que mejor recogiera la esencia del artista y centro, la más fascinante de «No direction home» (Martin Scorsese, 2005), fuera aquella en la que asistíamos a unos minutos de metraje documental en los que Bob Dylan iniciaba un endiablado juego de improvisación sin fin ante la cámara. Las imágenes, entonces, ya intuían que la mejor forma de acercarse al genio con auténtica dylanofília era, precisamente, olvidándose de verismos documentales y apelando a la improvisación, a la aproximación anárquica sin visos de respuestas y como reflejo semiótico y conceptual de su Time out of mind (tiempo fuera de la mente).

«I’m not there» es excepcionalmente poliédrica, excepcionalmente polifórmica. Y por esa misma razón es el mejor biopic (no-biopic) posible sobre la figura, el que se anuncia en sus títulos basado en las muchas vidas y canciones de Bob Dylan. Todd Haynes idea, reinterpreta e inventa a Dylan como una multipresencia siempre ausente, siempre escrita bajo seudónimos que encuentran el despertar de la conciencia del autor para con su tiempo (Woody, vía Marcus Carl Franklin), el artista que reniega entre abucheos de la canción protesta (Jack, vía Christian Bale) o el padre de familia abocado a la pérdida (Robbie, vía Heath Ledger). Sin embargo, son las transfiguraciones más interesantes aquellas que sumergen al poeta contestatario en una relectura-homenaje de «Fellini Ocho y medio» que sacaría los colores a Rob Marshall (Jude, vía una inmensa Cate Blanchett que trasciende toda cuestión de género o mímesis), y, sobre todo, la elevación a la categoría de leyenda prestada en la adopción, vía Richard Gere, de la identidad de Billy ‘el Niño’, o al menos de un reverso caducado del mismo. La voltereta referencial y ficcional es aquí de órdago, desde el mismo momento en que, recordemos, el mismo Dylan había ejercido de esencial bisagra entre leyendas en «Pat Garrett y Billy el Niño» (Sam Peckinpah, 1973).

La de Haynes es una pirueta experimental de proporciones épicas y encanto irresistible para todo iniciado, imposible para cualquier ajeno al universo dylaniano por su alto grado de ensimismamiento. El atrevimiento del gesto, de la propuesta no encuentra parangón en el cine de los últimos años y menos en su género (aun cuando es perfectamente falso ubicarlo bajo un género) al que repudia en sus formas recientes de ascenso-caída-redención («En la cuerda floja», «Ray») y en el que, si acaso, se alinea con otras vertientes más capaces de tomarle la temperatura a los contextos de nacimiento de los mitos y revoluciones (la notabilísima «Control»). Pero tampoco. «I’m not there» es tan insultantemente fraccionaria e impredecible que no admite ningún trámite genérico, que sólo puede entenderse como una suerte de Aleph fílmico cuyos senderos se bifurcan hasta en lo estrictamente musical, esto es, una banda sonora pródiga en covers exquisitas que sólo ofrece la réplica a Dylan para concluir cantando «I’m not there», certificando que nunca ha estado ahí. Aunque siempre estuviera.

Calificación: 8/10

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