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«Imparable»: Flirteando con el desastre

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«Imparable»: Flirteando con el desastre

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«Imparable» es un chute de adrenalina que sorprende por su simplicidad. Tony Scott encuentra un perfecto equilibrio entre el cine de catástrofes y el suspense adrenalítico durante 100 fugaces minutos.

Que Tony Scott era, en realidad, un cineasta más personal, más autor que su hermano Ridley, ya lo sabíamos. En la última década, Ridley Scott se ha dedicado a forjar espejismos de gran cine, mientras su hermano pequeño se empeñaba en reinventar el thriller, mal que a alguno le pese: «El fuego de la venganza» (2004) era la demostración de cómo un director con escritura propia llegaba al barroquismo vía la vulgarización de la imagen, la suciedad de los personajes y de la moral misma de la historia; «Déjà vu» (2006) fue el delirio más convincente al que se había entregado una ficción en años; «Enemigo público» (1998), aunque más lejana y menos interesante, es señalada por Manuel Ortega (1) como aquella película en la que el thriller empezaba a asumir caligrafías Google Maps.

En esa progresión, «Asalto al tren Pelham 123» (2009), remake de la superior cinta de Joseph Sargent de los 70, resultaba un título de bajo perfil, casi decepcionante. Hipervisibilidad y videoclip, sí. Coherencia de estética, también. Pero personalidad diluida en un filme en piloto automático, dedicado a revisar los caracteres de su referente sin mucho entusiasmo. No hay mal que por bien no venga, y quizá aquella medianía ferroviaria sirviera como borrador a la estupenda «Imparable», verdadero thriller sobre raíles con aromazo de serie B y una simplicidad desarmante: un tren-misil desbocado y dos tipos no muy amigos que intentan pararlo por todos los medios son su premisa. Decir que Tony Scott saca el máximo partido a tales presupuestos es poco, pues es este un ejercicio que descubre a un autor que encuentra un notable, irreductible equilibrio entre el cine de catástrofes y el suspense adrenalítico durante 100 fugaces minutos. Queda patente, por ejemplo, en la secuencia en la que el tren acomete la curva y clímax de la película, una escena tan brillante como disparatada que marca aquí la apoteosis.

«Imparable» encaja como posible guilty pleasure (2) de un espectador que nunca, ni siquiera de Tony Scott, esperaría un simple chute de adrenalina. Ahí radica su virtud: en la franca y radical desnudez de sus pretensiones, en su escasa necesidad de gustar o de derribar elitismos del gusto. El director se lo pasa en grande, ajusta como un guante su montaje frenético a la velocidad del tren, prescinde de casi cualquier dibujo dramático de los personajes y flirtea con el desastre a cada escena, cada plano. En uno de esos pasajes, colmo de ese jugueteo malicioso, incluso llega a poner de por medio un tren repleto de escolares de excursión. Como si un Hitchcock estéticamente hipertrofiado, pero no tan temerario, volviera a divertirse con el niño que llevaba un paquete-bomba en «Sabotaje (La mujer solitaria)» (1936).

Calificación: 7/10

(1) ORTEGA, Manuel. «El thriller del siglo XXII por un director del siglo XXIII: Tony Scott», en L’ Atalante. Revista de Estudios Cinematográficos. Nº 8 (Julio 2009) p. 47.
(2) Placer culpable.

En las imágenes: Fotogramas de “Imparable” – Copyright © 2010 Twentieth Century Fox, Prospect Park y Scott Free. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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