Síguenos

Críticas

«Irrational man»: Crimen y destino

Irrational man - póster«Irrational man» es un desenfadado puzle de ideas en el que Woody Allen le da la vuelta a los clásicos de la filosofía con una mezcla de géneros que va de la comedia dramática al thriller criminal con el fin de volver a apostar por el azar como fuerza que rige el universo. Se ve con agrado, pero se aleja de su mejor humor y resulta una obra menor en su filmografía a pesar de los temas tan fascinantes que aborda.

En una de las escenas iniciales de la genial «Delitos y faltas» (1989), el desdichado cineasta Cliff Stern (Woody Allen) se ve obligado a charlar con su insoportable cuñado Lester (Alan Alda), un exitoso productor de televisión al que confiesa querer como a un hermano, vamos, como Caín a Abel. Para no parecer aún más ocioso y fracasado de lo que ya sin duda es para su engreído cuñado, Cliff menciona que está trabajando en sacar adelante un interesante proyecto propio, en concreto, una película sobre un eminente maestro de filosofía. Luego conoceremos más sobre ese sabio y entrañable profesor Levy (Martin Bergmann) cuyas brillantes teorías sobre la felicidad del ser humano consiguen fascinar tanto a Halley Reed (Mia Farrow) como al espectador, pero vaya mala suerte, porque el pobre Cliff se va a quedar sin protagonista y sin argumentos para su película tras recibir la noticia del suicidio de Levy junto con un escueto mensaje de despedida: «He salido por la ventana». Con humor hasta el final, que no se diga.

Joaquin Phoenix en Irrational Man

Pues bien, veintiséis años después, aquí tenemos «Irrational man». Pero el protagonista ya no es un aparentemente optimista maestro de filosofía, sino el abiertamente frustrado, deprimido y atormentado profesor Abe Lucas (Joaquin Phoenix). La primera cita a la que hace alusión, se refiere a la obra de Kant. El mayor representante del criticismo —corriente filosófica que postula la necesidad de tener en cuenta el papel activo de las personas en el acto de conocer— asumía en su famosa «Crítica de la razón pura» la tragedia del ser humano, es decir, la de una criatura incapaz de dejar de hacerse preguntas que no puede responder. Al fin y al cabo, la vida no es una ecuación que podamos resolver y nunca pasa nada realmente relevante hasta que se toca fondo. Y si más adelante confirmamos que esa primera cita no es ninguna casualidad, tampoco lo es que en la segunda mencione a Kierkegaard —el padre del existencialismo— para acabar avisando a sus alumnos de que el mundo teórico de la filosofía y el mundo real poco tienen que ver. Malos augurios, amigo.

Directo hacia el fondo de la botella de alcohol y del océano de angustia que le aflige —como el que le envuelve en el cartel de la película—, Abe Lucas es un alma en pena, un hombre rendido al sufrimiento de la desesperación, un pensador que se ha visto incapaz de dejar huella en la roca, en ese inamovible mundo real en el que nada de lo que haya intentado antes ha servido para marcar la diferencia o para obtener respuestas. Ni siquiera le anima conocer a la joven Jill Pollard (Emma Stone), una inteligente, sonriente y preciosa alumna que rápidamente se enamora de él. Si se siente cómodo con ella y terminan pasando la mayor parte del tiempo juntos, no es porque sea para él una conquista sentimental, sino tan sólo porque es alguien con quien poder hablar.

Emma Stone en Irrational Man

Alto, un momento, menudo dramón, ¿pero esto no era una comedia? ¿Dramática, sí, pero comedia? Pues sí y no. Hablando sobre «Irrational man», Woody Allen ha vuelto a insistir en destacar a alguien que ha sido un gran referente durante toda su filmografía y muy en particular en esta película: Ingmar Bergman, el magistral autor de títulos como «El séptimo sello», «Fresas salvajes», «Persona», «Fanny y Alexander» y tantas otras obras maestras que tuvieron en él un profundo efecto durante su adolescencia y que le impulsaron a interesarse por las cuestiones que en ellas se trataban y a leer a los filósofos que a su vez inspiraron al director sueco. A partir de esa base, la idiosincrasia del realizador neoyorkino ha sido siempre tratar con humor la tragedia de la existencia, incluso ya desde sus inicios más desbocadamente cómicos, porque, para él, el cine es en definitiva una distracción frente al inevitable destino de la muerte. «¿En qué crees?», le preguntaba Diane Keaton en «El dormilón» (1973); «En el sexo y en la muerte», respondía Allen. Parece que en «Irrational man» se hubiera tomado a sí mismo más en serio de lo que está acostumbrado y la fórmula no ha terminado de funcionar, porque a pesar de ser una de sus películas técnicamente mejor realizadas y visualmente más atractivas, aquí no hay chistes ingeniosos, ni tampoco diálogos ni escenas memorables, y esto último es lo que buscamos principalmente (casi todos) sus seguidores.

Lo que sí vamos a encontrar nuevamente es su obsesión por el azar, una temática muy presente en su filmografía, especialmente en títulos como la ya mencionada «Delitos y faltas» y, sobre todo, en «Match point» (2005). De hecho, la importancia del azar como variable fundamental que rige sin sentido nuestro destino vuelve a ser aquí el eje central, tanto es así que la atracción —en primer lugar intelectual— que siente la estudiante Jill Pollard hacia el profesor (y escritor) Abe Lucas, nace a partir de las teorías de éste sobre la aleatoriedad. La filosofía de Woody Allen al respecto está muy clara y se resume en lo siguiente: tómatela con humor, porque «la existencia es algo que no tiene el más mínimo sentido. Todos vivimos sujetos a la absoluta y frágil contingencia de la vida». Qué alivio, ¿verdad?

Joaquin Phoenix y Parker Posey en Irrational Man

Tranquilos, para Abe Lucas tampoco hay alivio alguno. Él es un hombre cansado de racionalizar las cosas. Su personaje representa así la razón, al hombre hastiado por la carga de siglos y siglos de teorías sobre el sentido de la vida que no han conseguido llegar a ninguna respuesta satisfactoria, y que por eso se da a la bebida como analgésico para olvidar y evadirse. Pero entonces sucede algo inesperado, algo que, según piensa Abe, puede darle por fin un motivo para vivir. Y así ocurre que, a partir de ese punto de inflexión, la película, dividida claramente en dos partes, introduce a Alfred Hitchcock, Fiódor Dostoyevski y Hannah Arendt para transformarse de repente en un desenfadado thriller criminal. De este modo, nuestro amargado profesor de filosofía encuentra un propósito en su vida, ese deseado papel activo para cortar con lo preestablecido. Porque desear no sirve de nada, hay que actuar. Y ahora él va a actuar. Pero para justificar ese ansiado acto significativo que lo va a cambiar todo, intenta racionalizar lo irrazonable, lo insensato, lo contrario al instinto y al pensamiento moral de las personas, lo que le acaba convirtiendo en —o mejor dicho, descubriendo en realidad como— un irrational man.

Es entonces cuando él encuentra la felicidad y se siente libre y a gusto consigo mismo y con la vida. Es cuando Allen subvierte a los clásicos de la filosofía y las letras, y le da un manotazo a la culpabilidad del «Crimen y castigo» de Dostoyevski mediante la banalidad del mal del «Eichmann en Jerusalén» de Arendt, y a la razón de Kant y al existencialismo de Kierkegaard mediante el cine de Hitchcock, porque «Irrational man» se zambulle en «Extraños en un tren» y «Crimen perfecto» para decirnos que todo eso en definitiva no importa, porque las incontrolables contingencias del mundo real poco tienen que ver con las abstractas teorías del mundo de la filosofía, y lo que al final nos juzga es simple y llanamente el azar. Como escuchar por casualidad una conversación en un bar o sacar el número 17 en la ruleta de la fortuna de una feria (no tan obvio como el 13 para muchas culturas como la anglosajona y la española, el 17 es el número de la mala suerte para los italianos). Sin embargo, a la película le ocurre de principio a fin como al discurso de su protagonista: es un triunfo del estilo, pero de base insustancial. Aun así, te seguimos queriendo mucho, Woody.

Emma Stone y Joaquin Phoenix en Irrational Man

En cuanto a las interpretaciones, la radiante y estupenda Emma Stone está bien en su papel y sigue creciendo en su envidiable carrera, pero ese gran actorazo que es Joaquin Phoenix está aquí demasiado apagado, más allá de la pesadumbre que arrastra su personaje; de hecho, este mismo año le hemos visto mucho mejor en ese cuento alucinado que es «Puro vicio» (Paul Thomas Anderson, 2015). No obstante, también le seguimos queriendo, y qué actor no envidiaría a alguien que ha trabajado en un mismo año con dos de los mejores directores de las últimas décadas. Más entregada está Parker Posey en el papel de Rita, la aburrida e infelizmente casada profesora de ciencias que ve en Abe una posible salida a su gris existencia y que sueña con escaparse a España para comenzar una nueva y romántica vida. Gracias, Woody, pero con eso sí se oyeron risas.

En fin, la banalidad del destino. Quizá el problema de fondo esté en que el señor Abe Lucas es alguien incapaz de ver lo esencial, no da la impresión de ser una persona con la que se pueda hablar ni de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. «Si queremos un mundo de paz y de justicia, debemos poner decididamente la inteligencia al servicio del amor», decía Antoine de Saint-Exupéry. Definitivamente, eso es lo que no sabe hacer este profesor de filosofía pese a las oportunidades que se le ofrecen. Una lástima, Abe, porque la vida es eso, buena o mala suerte mediante.

Para terminar, un poco de música: «The in crowd», uno de los grandes temas de Ramsay Lewis Trio que suenan en la película. Let’s jazz…

Calificación: 6/10

Continue Reading
Publicidad

Novedades destacadas

Guía de películas

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z 1
Subir