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«La piel que habito»: El triunfo de las formas superficiales

Críticas

«La piel que habito»: El triunfo de las formas superficiales

«La piel que habito» no emociona ni arranca sentimientos hondos del espectador, que navega entre el esteticismo y la pretenciosidad formal y conceptual, con momentos folletinescos de tono procaz y recurrentes fetichismos.

El título «La piel que habito» (ver tráiler) resulta ilustrativo acerca de lo que Pedro Almodóvar pretende mostrarnos en su última película: que lo visible no siempre refleja el mundo interior y que lo importante es lo que alienta ese cuerpo y no las apariencias, que pueden cambiarse —transgénesis— sin alterar la identidad personal. De esta manera, se atreve el manchego a jugar entre el fondo y la forma del individuo, a flirtear entre la esencia de la persona y la identidad de género, a debatirse entre la ética juiciosa y la fuerza arrebatadora de la pasión, a moverse en la frontera de la imagen y la realidad, a acercarse al esteticismo visual a la vez que intenta penetrar en lo profundo de las imágenes. Es la historia de Robert, un cirujano plástico de prestigio que un día pierde trágicamente a su mujer y otro a su hija, para desde entonces convertir su vida en una carrera de odio y venganza y terminar sucumbiendo al poder del deseo y a su propia obsesión.

En su nueva propuesta, Almodóvar arriesga y continúa moviéndose entre las formas esteticistas de unos interiores de exquisita decoración y una temática en que la pasión sexual o la violencia sádica se hacen tan enfermizas como explícitas y excesivas. Sin duda, sus mayores logros están en el apartado artístico y visual, con toda la fuerza de la música de Alberto Iglesias que se impone al resto de elementos a la hora de dar dramatismo a la cinta, junto a un diseño de producción que aporta un atrezzo y unas pinturas de significado metafórico, y a una fotografía de José Luis Alcaine que encuentra en los tonos fríos el caldo adecuado para servir una historia de dolor y venganza. El guión juega con varias líneas temporales para recomponer la tragedia familiar y dosificar la información que se da al espectador, y la historia discurre de manera clara a pesar de lo alambicado de una trama oscura que quiere atar todos sus cabos hasta rayar en lo imposible. En ese sentido, choca la esperpéntica subtrama carnavalesca, impostada y excesivamente forzada en su intento de apuntalar la tragedia, y que desentona respecto al tono grave y carente de humor del resto de la cinta.

Sin embargo, hay que decir que «La piel que habito» no emociona ni arranca sentimientos hondos del espectador, que navega entre el esteticismo y la pretenciosidad formal y conceptual, con momentos folletinescos de tono procaz y recurrentes fetichismos junto a otros en que se acerca a la tragedia griega con un fatalismo que condena al individuo a las fuerzas ciegas del destino. Tanto Antonio Banderas como Elena Anaya o Marisa Paredes tratan de dar veracidad a unos personajes complejos que se debaten entre el deseo de venganza y la pasión, entre el sacrificio y el egoísmo. Pero cuesta aceptar, por ejemplo, el giro de Robert después de tantos años de sistemática venganza, o la ingenuidad adolescente de la que finalmente hace gala. Podría admitirse si se entiende como una nueva metáfora acerca de los misterios del corazón que se ocultan tras un rostro de rasgos definidos —lección del investigador con que se abre la película—, pero entonces habría que concluir que Almodóvar no profundiza en su estudio del ser humano al reducirlo a impulsos ciegos e instintos animales —sexo y violencia, básicamente—.

Guiños a la ideología de género y a la búsqueda de afectos donde los haya, superficial acercamiento a las cuestiones de bioética —con Prometeo en el horizonte y un científico que, de nuevo, quiere ser Dios— y a una identidad personal que se simplifica en lo físico y lo pasional, y obsesiva mirada a un mundo machista de padres frustrados y ausentes y madres sufridoras y luchadoras: nada nuevo en el mundo almodovariano. Con todo, el desenlace nos demuestra que el director ha permanecido en un terreno superficial, en la piel que recubre y en la que habita la película, pues esa fuerza íntima que clama venganza termina por imponerse a cualquier otra manifestación de afecto y humanidad —no sabemos si por culpa del yoga o del esteticismo—: en el dilema entre forma y fondo, triunfa lo superficial y lo visual frente a la hondura antropológica y humana, y nosotros nos quedamos tan fríos como esos cadáveres calcinados —o deprimidos— que nuestro protagonista no supo digerir, y que terminaron por encerrarle en una cárcel de autodestrucción.

Calificación: 6/10


En las imágenes: Fotogramas de “La piel que habito”, película distribuida por Warner Bros. Pictures International España © 2011 El Deseo. Todos los derechos reservados.

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