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«Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio». El trazo difícil

Críticas

«Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio». El trazo difícil

Spielberg vuelve a demostrar su arrolladora narrativa en lo que busca ser la versión definitiva del mítico personaje de Hergé. «Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio» entretiene sin descanso y abre debates gigantes en torno a la forma. 

En 1981, entre las líneas de una crítica francesa a «En busca del arca perdida», Steven Spielberg descubrió a Tintín, personaje que, en otras latitudes, Peter Jackson ya había mamado desde temprana edad. En el espacio temporal que separa aquella primera toma de contacto del estreno definitivo de «Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio» (ver tráiler y escenas), resultado de la unión de esfuerzos de ambos creadores, se sucedieron los acercamientos del director a un proyecto cuyo boceto se revelaba aún irrealizable, algo que, en cualquier caso, ya habían constatado las esperpénticas versiones francófonas que en los 60 vieron la luz sobre el cómic de Hergé.

La serie de animación franco-canadiense «Las aventuras de Tintín» (1991-1992), segunda en trasladar las aventuras del reportero del Petit Vingtième a la pequeña pantalla, consiguió un importante grado de aceptación entre los tintinólogos. Sin embargo, su fidedigna aproximación, su reconstrucción casi viñeta por viñeta de los álbumes, también señalaba la problemática inherente a toda adaptación del personaje: la misma esencia del arte de Hergé, desarmante en su trazo simple y en su limpia estética, capaz de sobrarse de carisma a partir de un héroe sin identidad hecha (Tintín) y un compañero de fatigas abiertamente alcohólico, salvaje en su estruendosa incorrección (Haddock); conferir una tercera dimensión a ese dibujo implicaba entender y desplegar a nuevos límites la engañosa sencillez, el enigmático poder del dibujo original.

Spielberg, que ya gestionó la responsabilidad nostálgica de recuperar al Doctor Jones en «Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal» (2008), se enfrentaba con «Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio» al quizá doble reto más importante de su trayectoria creativa: la generación de un Tintín canónico a través de su saga compartida con Jackson, y la consolidación de la técnica artística que lo legitima como versión definitiva para el cine. Paradójicamente, la motion capture antes depurada por Robert Zemeckis y Peter Jackson, obtiene aquí unos resultados expresivos aún distanciados de una marcada humanidad de sus protagonistas, pero al mismo tiempo de similares limitaciones gestuales a las de los personajes en las viñetas. Adecuada o no la tecnología WETA para explorar esas posibilidades, la problemática en la adaptación viene dada por la mencionada tercera dimensión, la opción de incorporar un minucioso detallismo para obtener el realismo que no habitaba en los cómics. Ni que decir tiene, Spielberg es más que consciente del conflicto: en unos créditos à la Saul Bass y con la cómplice música de John Williams, el director se permite la autorreferencia («Atrápame si puedes») y da un repaso bidimensional a iconos e hitos tintinófilos; y ya empezada la función, y situados en el mercadillo donde se inicia la aventura, es el propio Hergé, resucitado para la ocasión, el que da por cerrada la era 2D de su criatura con el significativo gesto de un retrato sobre el papel.

A partir de ahí, es Spielberg y por extensión, Jackson, el que toma el testigo y se adueña con fines propios de la narraciones del dibujante belga y de sus personajes con distinta suerte. En la síntesis de los álbumes «El cangrejo de las pinzas de oro», «El secreto del Unicornio» y «El tesoro de Rackham el Rojo», es quizá el último el más perjudicado en al menos dos omisiones que al tintinófilo de pro le costará perdonar, sacrificios en favor de la acción y el ritmo incesante que encuentran su exponente en el brillante plano-secuencia de Bagghar, prodigio que compite en locura con la persecución en la selva de «Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal». Es, en cambio, en los interrumpidos flashbacks en los que el Capitán Haddock recuerda las hazañas de su antepasado Francisco de Hadoque, donde la película encuentra la quimérica armonía con la fuente, una batalla naval de inagotable espectáculo y emociones gigantes que recuerda las tremendas aptitudes narrativas del realizador tras la cámara.

Dotada de indiscutible coherencia formal, perfectamente ubicada en la filmografía de su autor, «Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio» es, en fin, el vehículo que hoy recuerda, vía las borracheras de Haddock, las capacidades de su firmante aun cuando este ha dejado de inventar sus propios mitos para reinterpretar los ajenos. En ese proceso, Tintín encuentra su adecuado simbionte en un correcto Jamie Bell, y el Milú digital de Spielberg capta milagrosamente el carácter del fiel y canino acompañante del reportero. Sin embargo es Haddock, el llamado a ser verdadero protagonista en la adaptación aquí abordada, el que presenta un mayor conflicto en el trasvase: frente al capitán incivilizado, violentamente alcohólico e incluso de dudosa moralidad que planteaba Hergé, el Haddock que interpreta el camaleón digital Andy Serkis es un borracho familiar, un compañero de fatigas que camina entre el patetismo y la bondad sin que su carácter ciclónico genere excesivas secuelas. Las futuras encarnaciones del profesor Tornasol y otros iconos acompañantes de Tintín en sus aventuras podrían ser, igualmente, claves en una discusión más amplia sobre si la forma aquí propuesta como definitiva hace justicia o no al incomparable original y su —consustancial— genialidad para acceder a lo memorable.

Calificación: 7/10


Imágenes de “Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio”, película distribuida por Sony Pictures Releasing de España © 2011 Columbia Pictures, Paramount Pictures, Hemisphere Media Capital, Amblin Entertainment y The Kennedy/Marshall Company. Todos los derechos reservados.

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