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Críticas

«Los abrazos rotos»: Dos horas y diez minutos de la nada más absoluta

Una película sin vida, que deja absolutamente indiferente, el vehículo perfecto para el tedio más absoluto, un lujoso envoltorio que sólo contiene la nada más absoluta. Un paso atrás en la filmografía de Pedro Almodóvar junto a «La mala educación».

La conclusión inmediata del visionado de “Los abrazos rotos” es comprobar algo entristecedor: que la extraordinaria “Volver” fue una excepción, porque la nueva película de Pedro Almodóvar retoma la línea descendente de la filmografía del director manchego justo en el punto en el que la había dejado “La mala educación”. El problema es que la lleva ya hasta un nivel en el que la inanidad más absoluta se enseñorea del metraje, engarzando escena tras escena hueca, sin vida, sin que suceda nada en pantalla que logre interesar al espectador… Y eso, si tenemos en cuenta que se supone que la cinta va de amores atormentados, de tremendas emociones y de desgarros sentimentales varios, resulta más que grave: es demoledor.

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Porque lo peor de “Los abrazos rotos” no es ya que pueda irritar (algo que sí que conseguía Woody Allen en “Vicky Cristina Barcelona”), sino que deja absolutamente indiferente, el vehículo perfecto para el tedio más absoluto, un lujoso envoltorio que sólo contiene la nada más absoluta. Porque nada importa el supuestamente pasional triángulo entre el director de cine (Lluís Homar), la actriz (Penélope Cruz) y el financiero-productor (José Luis Gómez); porque los personajes se ven obligados a decir líneas absolutamente ridículas, frases que moverían más a la carcajada que a la lágrima si no fuera por el tedio que desprenden; porque son mayoría los giros de guión (e incluso las escenas enteras) que podrían ser extirpados sin que perdiéramos nada (empezando por la secuencia de apertura, una tontería supina que parece metida con calzador con la única razón de mostrar los encantos de Kira Miró).

Y es una lástima porque, asfixiados entre el vacío de la película, aparecen algunas pinceladas que nos recuerdan vagamente el talento de un cineasta que difícilmente podrá acertar en el modo en que cuenta una historia cuando ni siquiera tiene muy claro qué es lo que quiere contar. Porque difícilmente buenas ideas (como la del visionado diario de las tomas del rodaje de la película “Chicas y maletas” que el celoso José Luis Gómez se hace proyectar), esparcidas aleatoriamente como aquí están, pueden salvar más de dos horas de metraje. Y eso que los actores ponen su empeño: Lluís Homar o Blanca Portillo siguen siendo intérpretes de primer orden, por más que uno a veces se pregunte cómo pueden hacer para decir lo que dicen sin que les entre la risa. Aunque ellos, al menos, gozan de una cámara y un director que cuida los momentos en los que aparecen, porque hablar de “personaje” en el caso de, por ejemplo, Alejo Sauras sería mucho decir…

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Así las cosas, la conclusión sería que la obra del antiguo transgresor ha terminado convirtiéndose en algo fósil, sin vida, meros cuadros vivientes en los que no habita alma alguna, el trabajo de un cineasta que no sabe hacia dónde va y que, cuando pretende ser trascendente, sólo es ridículo. Visto lo visto, uno se pregunta por qué no se tomó más tiempo para volver a dirigir después de la maravilla que nos regaló en su última cinta. Porque si lo único que tiene para decir es lo que aquí nos muestra, habrá que convenir en que una profunda crisis de ideas y de temas se cierne sobre él. Y en este caso me temo que ni siquiera tiene suficiente dosis de “typical spanish” como para embaucar a la crítica extranjera; ya se sabrá, pero, ocurra lo que ocurra, mal empezamos el año de los estrenos de nuestros pesos pesados; veremos si con Amenábar remonta o, si no, los titulares de los periódicos sí que se llenarán de apocalípticas invocaciones a la crisis terminal de nuestro cine.

Calificación: 2/10

En las imágenes: Escenas de «Los abrazos rotos» – Copyright © 2009 El Deseo. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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