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“Los condenados”: Desenterrando el pasado, la culpa y al muerto viviente

Críticas

“Los condenados”: Desenterrando el pasado, la culpa y al muerto viviente

“Los condenados” busca la clave antropológica ante la lucha armada, con la culpa, el tiempo y los muertos en el punto de mira. Buenas interpretaciones entre el reparto y estupendo salto a la ficción del director Isaki Lacuesta.

Quien haya visto “Cravan vs. Cravan” y “La leyenda del tiempo” sabe que Isaki Lacuesta no es un director de cine de consumo, sino un “autor” que cuida el lenguaje de las formas y que se sirve de él para trasmitir ideas y sentimientos profundos. “Los condenados” es su primera película de ficción, y en ella mira a la lucha armada para cuestionar su justificación ideológica y terminar rompiendo una lanza a favor del perdón. Aunque la intención del director sea descontextualizar los hechos para dar validez universal a su propuesta, todo apunta a la dictadura militar argentina con represión, resistencia y desaparecidos incluidos. Allí, en un yacimiento arqueológico ilegal, se reúnen Martín y Raúl, dos ex-guerrilleros dispuestos a buscar los restos de un compañero de revolución y esclarecer de una vez un pasado que tanto les pesa. Hay, pues, una cuestión político-social y también un drama personal de esta generación de desencantados, por el misterio que rodea a la muerte de Ezequiel y por la mirada nostálgica llena de tristeza y dolor.

En el yacimiento están también algunos parientes del difunto y un grupo de jóvenes universitarios, con distintas motivaciones y una dispar percepción del pasado. El rostro ajado de Martín, Raúl o Andrea esconden dolor, huida, miedo e incluso amargura, ira y recriminación hacia no se sabe quién. Y las arrugas esconden un duro pasado que es necesario desenterrar para poder vivir en paz. Son recuerdos de hace treinta años que les han acompañado y torturado, quizá con deslealtades, deserciones o equívocos que exigen una justificación y su presencia ahora en la excavación. Sus heridas no han sido causadas sólo por los represores, sino entre ellos mismos… y eso resulta más doloroso porque eran camaradas de una misma causa. Frente a ellos, una joven generación se levanta con rostros francos y limpios, dispuesta a no volver a remover la tierra y hacer lo mismo que los verdugos de hace tres décadas; con aparente ligereza, ellos no quieren mirar al pasado sino vivir el presente, y eso exige saber perdonar. Unos y otros buscan la libertad, pero de distinta manera: Martín y compañía lo hicieron por la lucha armada y ahora por esta liberación de la conciencia, mientras que los jóvenes esperan encontrarla mirando hacia delante y no hurgando en el pasado.

De la misma manera, todos conviven en torno a una hoguera encendida en la noche, cuyos rescoldos proporcionan tantas luces como sombras a la imagen del lugar, símbolo de esa realidad vista de manera desigual por ambas generaciones. Formalmente todo está muy cuidado y nada resulta gratuito, pues abundan las metáforas y los detalles de producción. Se prefiere la elipsis y el fuera de campo a lo explícito, los sonidos ambientales al ruido y al verbo, el espectador activo que debe intuir y deducir al que precisa confirmación por parte del director. Hay lentos movimientos de cámara que tratan de contemplar la actitud de cada cual, primeros planos para penetrar en un alma confusa —Martín o Andrea— y renuncia al plano-contraplano en un monólogo de Silvia evitando mostrar la reacción de su interlocutor Martín —de lo mejor de la cinta—, mientras el silencio de quien huía de un fantasma —Ezequiel, tan presente como ausente— acaba convirtiéndole en un espectro más de la violencia —la tácita confesión de Martín a Andrea es otro gran momento.

La cinta busca la clave antropológica ante la lucha armada, con la culpa, el tiempo y los muertos en el punto de mira, pero no evita alguna alusión explícita al terrorismo de ETA y un apunte anticlerical que dejan ver las costuras ideológicas. Buenas interpretaciones de Daniel Fanego, Arturo Goetz y Bárbara Lennie, extensibles al resto de secundarios, que busca transmitir sensaciones sin artificio y con contención lacónica. En el Festival de San Sebastián se llevó el premio Fipresci (de la crítica internacional), y es una recomendable propuesta para los amantes del buen cine, para quienes les gusten directores como José Luis Guerín o Jaime Rosales, cineastas que filman el tiempo y sus secuelas en el individuo, que se acercan a la realidad con respeto y sutilidad, tratando de dejar que el espectador experimente sus propias emociones.

Calificación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de “Los condenados” – Copyright © 2009 Benecé Produccions. Distribuida en España por Barton Films. Todos los derechos reservados.

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