“Los miserables”: Monumento a la irregularidad

Por Jordi Revert | LaButaca.net | 26 diciembre 2012

“Los miserables” es un musical fastuoso y tremendamente irregular, espectacular y agotador como pocos. Una dirección mediocre impide a la película ser la gran adaptación que pudo ser. Con todo, consigue algunos momentos de gran emoción.

¿Qué pasa cuando un material extraordinario se pone al servicio de un director menor? ¿Qué sucede cuando en esa adaptación media más la ambición que el talento, la fastuosidad que la coherencia? “Los miserables” (ver tráiler y escenas ) parece haber nacido en el epicentro de estas cuestiones. Traducción cinematográfica del musical teatral de Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg, a su vez basado en la novela de Victor Hugo, el tercer largometraje de Tom Hooper se sitúa en una furiosa contradicción: la adaptación como entidad mastodóntica, de una espectacularidad y envergadura que saben a cine de antaño, que no deja de sabotear su propia condición de crowd-pleaser desde una gramática errática y extenuante, más fruto de la indecisión visual del firmante que de los altibajos dramáticos de una obra que raya las tres horas de metraje.

En su celebrada “El discurso del rey” (2010), Hooper ya había demostrado ser un solvente artesano de televisión con dificultades para encontrar una personalidad propia. En “Los miserables”, las abrumadoras dimensiones del proyecto hacen más grandes y más visibles sus carencias: un agotador tour de force en el que la cámara no deja de insistir en primeros planos, encuadres torcidos y travellings agresivos empeñados en engrandecer cada línea cantada, cada momento de transición. Es decir, falta un plan visual con el que trasladar consecuentemente la majestuosidad de la obra de un medio —el teatro— a otro —el cine—. Y la ausencia de ese plan resulta en un conjunto de aparatosa irregularidad, cuyas fluctuaciones dramáticas dependen más de la emoción y desgarro que sus actores alcanzan en cada canción que de la planificación que les acompaña. En ese sentido, sí hay una decisión estética que deviene fundamental, el compromiso con el realismo que otorga el fraseo cantado, la voz quebrada que enfatiza la emoción en una Fantine —breve e intensa Anne Hathaway — destruida o en la Éponine de una fabulosa, prometedora Samantha Barks .

No es, en cualquier caso, la única elección que cabe reconocerle a Hooper. Hay una cierta voluntad en subrayar la grandiosidad del artificio sin la que no sería posible el impacto de la secuencia inicial o esas teatrales barricadas parisinas. Tampoco sería de recibo pasar por alto el esfuerzo adaptador por el que recurre a Víctor Hugo para regalar una escena de amor entre el forzoso padre y su hija acogida que un entregado Hugh Jackman canta en Suddenly —pasaje no existente en el musical original. Aún así, los aciertos de la película distan de eclipsar a sus abundantes déficits, los cuales ya no solo tienen que ver con las incertidumbres de su escritura y su montaje tendente al atropello, sino con la intuida certeza de que la complejidad, temas y universalidad de la historia narrada se sitúan por encima de su aplicación musical. Y en ese pantanoso terreno de la comparación, son dignos de estudio el proceso por el que un personaje de la talla de Javert es despojado de carisma y profundidad, o las interferencias lacrimógenas que pueden llevar a una escena —la última protagonizada por Éponine— de la emoción arrebatada a la manipulación casi kitsch.

Calificación: 6/10


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