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«Los seductores»: El rompecorazones

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«Los seductores»: El rompecorazones

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Una comedia romántica dirigida al gran público que cumple a rajatabla el manual del subgénero de seducción y/o sabotaje de bodas. «Los seductores» es tan agradecida como intrascendente, tan amable como previsible.

En «Matrimonio compulsivo» (Peter y Bobby Farrelly, 2007), mala traducción del original «The heartbreak kid», una serie de azarosas coincidencias —David Bowie inclusive— hacía pensar al bueno de Ben Stiller en la epifanía de un amor verdadero. Era, en el fondo, el mismo atajo hacia la decepción amorosa que instrumentalizan los profesionales de «Los seductores»(1) como clave de su éxito: se trata, otra vez, del sofisticado estafador en cuestiones de amoríos, reticente al amor y que se enamora irremediablemente en el trabajo menos indicado para ello. Apenas una variación del homólogo femenino del título y de tantos y tantos títulos que podrían constituir per se un todo subgénero de fácil digestión.

Diseñada como fórmula para el gran público, la película de Pascal Chaumeil se mantiene a rajatabla en las coordenadas de ese posible subgénero: comedia amable y blanca, protagonista de imperfecto carisma, desarrollo previsible en el que la misión imposible alberga para él el largamente denegado romance. «Los seductores» se confía —y sale airosa— a la eficacia de unos gags que tanto se derivan de sus ingeniosos montajes para la seducción como de secundarios convenientemente subrayados, medidamente freaks (el bufonesco cuñado de François Damiens o el monstruoso matón serbio). Todo enmarcado en una impecable Mónaco, el mejor escenario europeo posible para trasponer tipos hollywoodienses, desde una persecución frenética por sus calles hasta el sabotaje de una boda idílica.

Tan agradecida como intrascendente, la película avanza hacia el consabido final sin salirse de la norma establecida, antes capaz de asumir los iconos románticos de otros referentes que de establecer los suyos propios: el baile extraído del final de «Dirty dancing» (Emile Ardolino, 1987) empieza como una parodia vía la comedia física de Romain Duris, pero acaba haciendo suyo el clímax de la cinta de Ardolino. Hay, sin embargo, una escena que sugiere que podría haber sido distinto: en el coche, el seductor profesional identifica la mencionada «Dirty dancing» como un cuento de arquetipo y príncipe azul, a lo que el personaje de Vanessa Paradis replica que esta apunta a lo prohibido, a lo salvaje. El momento de divergencia desvela la impostura en la estrategia del estafador, pero también una inteligente lectura dentro del género romántico que, lejos de aplicarse más allá de la secuencia, se limita a ser un mero y lúcido apunte.

Calificación: 6/10

(1) De nuevo, mala la traducción desde el original francés «L’arnacoeur», que es un juego de palabras entre arnaqueur (estafador) y coeur (corazón).

En las imágenes: Fotogramas de «Los seductores” – Copyright © 2010 Quad Films, Script Associés, Focus Features International y Chaocorp. Distribuida en España por A Contracorriente Films. Todos los derechos reservados.

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