Síguenos

«Luces rojas»: Ilusionismo para una puesta en escena

Críticas

«Luces rojas»: Ilusionismo para una puesta en escena

Como thriller sobrenatural, «Luces rojas» deja indiferente al espectador y recurre a un efectismo en ocasiones vulgar. Rodrigo Cortés firma un espectáculo de luces y sonidos ilusionistas en el que el director es un vendedor de humo más.

Tras su celebrada «Buried (Enterrado)» (2010), Rodrigo Cortés decide dar alas a su protagonista y levantar una puesta en escena pirotécnica desde la que cuestionar las realidades paranormales y cualquier elemento que no encaje con lo racional. A esas notas discordantes se refiere el título «Luces rojas» (ver tráiler y escenas), en la que la doctora Margaret Matheson y su joven ayudante Tom Buckley se dedican a desenmascarar los fraudes de quienes se atribuyen poderes especiales. Su labor investigadora se desarrolla en un ámbito universitario donde se presume el rigor científico, aunque no faltan otros departamentos que tratan de demostrar lo contrario para justificar unas ayudas económicas. La validación de unos y otros será puesta a prueba con el regreso a la escena pública de Simon Silver, un psíquico ciego que en otro tiempo gozó de fama y prestigio y que se fue entre el misterio y la polémica.

De la misma forma que Margaret explica a sus alumnos cómo el ilusionista juega con la luz y el sonido para distraer la atención del espectador y hacerle ver lo que quiere, así Rodrigo Cortés crea una ambientación adecuada para la expectación y el suspense. Su puesta en escena es efectista y eficaz, con una cuidada planificación que genera enigma y sospecha o una caracterización física de los personajes que invita a la desconfianza y a la prevención. La fotografía de claroscuros o de tonos fríos contribuye decisivamente a ese clima que busca atisbar lo invisible o sentir lo extrasensorial, junto con un trabajo de sonido que se concede algún efectismo fácil con focos que explotan o cristales que se rompen, para una puesta en escena en la que Silver y Cortés ejecutarán habilidosos malabarismos ante sus crédulos espectadores.

Y eso, parece ser, porque todos necesitamos creer en algo y vamos predispuestos a ello. Unas veces será en el poder de la mente o en la intervención de los espíritus desde el más allá, otras en la influencia de los astros o en los presagios de unas cartas, y también habrá quien ponga su fe en el poder de la ciencia o de la razón y quien lo haga en Dios o en la propia humanidad. Cortés crea un cóctel explosivo donde todo parece merecer la misma credibilidad, donde la vieja disputa entre ciencia y fe se decanta en cierta medida del lado de la primera al ceder el punto de vista narrativo a Tom, joven vitalista que se vanagloria de ser un físico entregado a quitar la venda a quienes crean subjetivamente ilusiones y creencias según su necesidad, a descubrir el engaño de tantos desalmados que se aprovechan lucrativamente de esa ingenuidad.

Verdaderamente, tanto Margaret como Tom se mueven por el dolor y la rabia de quien sintió la impotencia ante lo que sucedido a su hijo o madre, respectivamente, y son individuos que huyen de sí mismos en una carrera que niega cualquier realidad que no consigan explicar. Llama la atención el miedo de la doctora cuando reconoce que en el pasado Silver la hizo dudar de sus planteamientos racionalistas en un instante de fragilidad emocional, lo mismo que ese grito desconsolado de Tom cuando descubre que no se conoce y que no había reparado en sí mismo al buscar la verdadera realidad. Estamos, pues, ante una solución inmanentista que viene a negar en desigual medida cientificismo y trascendencia, racionalismo y espiritualismo, para quedarnos con un escepticismo ante todo lo que sobrepase nuestra percepción y disfrutar de un espectáculo de luces y sonidos ilusionistas.

Si cuidado es el trabajo de producción y acertado el casting realizado, no lo es tanto el dibujo de unos personajes esquemáticos en sus móviles y conflictos interiores, que en ningún momento nos emocionan ni angustian, a pesar del buen trabajo de un inquietante Cillian Murphy que lleva todo el peso y dramatismo de la historia, o de Sigourney Weaver y Robert de Niro en unos papeles que requerían más desarrollo y profundidad, lo mismo que el de Elizabeth Olsen. Cortés firma, además, un guion irregular donde lo mejor es el arranque y la planificación de determinadas escenas de fraude o las entrevistas al público asistente a un acto de Silver; y lo peor, algunos pasajes confusos narrativamente y de suspense convencional —junto a un efectismo vulgar, en ocasiones—, o escenas que desentonan como la pelea del baño y, sobre todo, el flojo desenlace.

En definitiva, este thriller sobrenatural presenta luces rojas y verdes sobre una escena recargada, ilusiones y decepciones existenciales y un discurso que siembra la indiferencia, con entretenimiento suficiente para no aburrirse pero con un punto de insatisfacción. Como si Cortés hubiera sido un vendedor de humo más que termina por dejarnos vacíos y fríos al salir del cine.

Calificación: 6/10

En las imágenes: Fotogramas de “Luces rojas”, película distribuida por Warner Bros. Pictures International Spain © 2012 Warner Bros. Pictures y Nostromo Pictures. Todos los derechos reservados.

Continue Reading
Publicidad

Subir