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«Madrid, 1987»: La seducción de la palabra

Críticas

«Madrid, 1987»: La seducción de la palabra

«Madrid, 1987» cuenta con un excelente guion y unos actores cómodos en un reto que desnuda física y psicológicamente a sus personajes. Sin embargo, la cinta de David Trueba antes alcanza una identidad como texto literario que como película.

Érase un encuentro esperado que se tornó insospechado. Érase un viejo periodista y una aspirante a tal. Era un hombre de vuelta de la vida, que ya conocía el tiempo y todas sus decepciones. Y su fortuita alumna, dispuesta a aprender con ojos fascinados de su maestro. Érase una desnudez ineludible, una radiografía de dos almas en escasos metros cuadrados. Era un sofocante día de verano en el Madrid yermo de 1987, al otro lado de la pequeña ventana de un lavabo. El ensayo para el final de una educación que colisiona con otra que empieza. La exhibición de la vanidad humana disfrazada de experiencia soberbia, frente a la ingenuidad entregada al sacrificio de la temprana madurez. Érase una buena película, una mejor pieza de cámara de salvajismo teatral, un excelente striptease en el que la carne siempre tenía piel de texto. Érase una prometedora obra rendida a sus palabras, subyugada sin remedio ni vergüenza a éstas.

«Madrid, 1987» (ver tráiler y escenas) es esa obra, una feliz excepción en un panorama poco dado a las sorpresas. Dos actores, una habitación y una serie de monólogos y diálogos medidos al milímetro son las líneas maestras de la cinta de David Trueba. Y las dimensiones de lo segundo nada tienen que ver con las de lo primero y lo tercero. Porque José Sacristán y María Valverde demuestran una difícil comodidad con la exposición física y psicológica de sus personajes —el primero, inmenso y devorador de cada plano que le permite crecerse sin estridencias, la segunda aguantando el tipo y descomponiendo poco a poco la inocencia de su personaje—. Y porque el guion de Trueba es de una agudeza fina, un libreto que somete a disección a dos sujetos forzados a detener sus caminos para entender lo insólito de la encrucijada, y que lo hace a través de conversaciones a la deriva sobre el paso del tiempo, el poder lírico de lo cotidiano y la seducción de la palabra como juego para la conquista —sexual, moral, educacional— sobre el otro.

Pero «Madrid, 1987» también es esa película que vive por y para su texto, cuyas imágenes adquieren el sentido de la literatura antes que empaparse de sus propios hallazgos estéticos. No es que sea sospechosa de caer en la incontinencia verbal o la verborrea como artefacto que se superpone a cualquier otro aspecto de la ficción cinematográfica, aunque por momentos la introducción de grandes temas ponga en riesgo los básicos cimientos del conjunto. Tampoco es que carezca de ritmo ni que la pasión de su discurso se desinfle con el paso del metraje. Es, más bien, que el propio devenir de este inspirado teatro para dos acaba poniendo en duda aquella máxima anunciada por el personaje de Sacristán en un momento dado: el estilo es un mal compañero de viaje; y la música, es ese instrumento que conduce convenientemente al espectador, aquí en un último y poco convincente plano final.

Calificación: 6/10

Imágenes de «Madrid, 1987», película distribuida en España por Alfa Pictures © 2011 Buenavida Producciones. Todos los derechos reservados.

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