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«Malditos bastardos»: Cuestión de amor

Críticas

«Malditos bastardos»: Cuestión de amor

Brillante, excesiva y saboteadora de cualquier expectativa, «Malditos bastardos» es la mayor declaración de amor al cine hecha por Quentin Tarantino, y confirma su dominio insultante en la creación de diálogos y personajes magistrales.

«I think this might just be my masterpiece» («Creo que esta podría ser mi obra maestra»), dice Aldo Raine (Brad Pitt) en la sentencia con la que concluye «Malditos bastardos». Ciertamente podría serlo, sí. Quizá Quentin Tarantino sólo esté jugando con el espectador por última vez antes de dar paso a los créditos (espléndidamente acompañados de Rabbia e Tarantella, de Ennio Morricone), sólo lanzando el interrogante al aire en un momento de su carrera en que la brecha abierta por su cine es ya insalvable entre los que se posicionan a cada lado. Han pasado dos horas y media de metraje, y su última película se ha demostrado diana inmejorable para recibir encendidos ejercicios de la crítica: algunos que vuelven sobre terrenos ya visitados (la saturación de la violencia, la legitimidad del pastiche), otros directamente ridículos (la imprecisión histórica) y otros más que lógicos (el siempre controvertido Armond White ha mencionado los sobrevalorados placeres del diálogo explayado sin medida). Pero también se ha elevado como ejemplo único para reafirmar las fascinaciones hacia el autor, el credo en un cine que aquí se ve alcanzando sus máximas expresiones: «Malditos bastardos» tiene mucho que ver con el amor; amor sin condiciones al celuloide, a sus glorias y a sus olvidados, sin jerarquías que medien; amor hacia el arte como cómplice sin reparos del espectador, como placer incontenible; y amor por el lenguaje, visual y verbal para gobernarlo, para exorcizar demonios y rendir pleitesía, para violar presuntos clímax; amor instalado en lo sublime, ese tipo de amor que hace factible la pregunta… ¿Será esta mi obra maestra? Probablemente, sí.

El título original, «Inglourious basterds», da la pista sobre el destinatario de tamaña declaración, a partir de la reinvención ortográfica sobre «The inglorious bastards», título inglés de «Aquel maldito tren blindado» (Enzo G. Castellari, 1978). La cinta de Castellari (quien disfruta de un cameo aquí) era una digna representante del macaroni combat, subgénero contestando con deliciosa serie B y desinhibición a las muestras de cine de comandos que llegaban desde Hollywood a finales de los 60 (imprescindibles como «Doce del patíbulo»«Los violentos de Kelly»). Tarantino no excluye ninguna posibilidad y «Malditos bastardos» profesa devoción por aquellas formas gamberras y festivas, pero se postra, sobre todo, ante un tiempo y contexto en el que también coexistía el spaghetti western. Los primeros compases de su película significan, de hecho, uno de los mayores milagros de su filmografía, el improbable encuentro entre Sergio Leone y John Ford que supone un capítulo-apertura equiparable en excelencias al de «Kill Bill: Vol. 2». Este le basta al realizador para demostrar su dominio insultante en el diseño del diálogo, en el asentamiento de un clima desde el perfecto control de los tiempos y los resortes del mismo; pero también en la creación de personajes irrevocablemente magistrales, aquí un coronel Hans Landa interpretado por un inmenso Christoph Waltz, terrorífico en su retórica, escalofriante en su serenidad, capaz de sostener con pasmosa (y políglota) pericia imposibles duelos dialécticos.

«Malditos bastardos» es Tarantino saboteando (otra vez) las expectativas del espectador. Saboteándolas para ofrecerle excesos de todo tipos, (brillante) incontinencia verbal para conducirle y poderosa caligrafía con la que hechizarle (la inclusión de Cat people de David Bowie en cierto pasaje de Shosanna sería un buen ejemplo). No parece interesarle una estricta película de comando (los Bastardos tienen menos protagonismo del esperado), o una desbocada comedia bélica. Nunca se permitirá dar a la platea un previsible clímax dramático, y disfrutará poniendo a prueba su paciencia para luego premiarla con dementes estallidos de violencia. Es, en resumen, un grandioso ejercicio de cine excesivo, de parte del quizá único director capaz de tocar el cielo con tales ejercicios. Y es, además, el mejor posible para deconstruir su amor cinéfilo, palpable en los nombres con los que bautiza a sus retoños (Aldo Raine disfraza el nombre del actor Aldo Ray, asiduo al bélico en los 50 y los 60), pero también en la insistentes menciones a G.W. Pabst, a Leni Riefenstahl y al cine de la UFO, o en un inciso documental ilustrativo acerca del peligro de inflamación del nitrato de celulosa con imágenes de la escena más atroz de Hitchcock (la del tranvía en «Sabotaje: La mujer solitaria»). Es lógico, pues, hablar de éste como su homenaje más sentido al cine, y es lógico que el cine acabe revelándose, en un final de deliberado espíritu camp, como arte capaz de cambiar el rumbo de la historia. Una catarsis magnífica que confirma que «Malditos bastardos» es, más que nada, una cuestión de amor.

Calificación: 9/10

En las imágenes: Fotogramas de «Malditos bastardos» – Copyright © 2009 The Weinstein Company, Universal Pictures, A Band Apart y Zehnte Babelsberg Film. Fotos por François Duhamel. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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