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«Malditos bastardos»: La Valkiria de Tarantino

Críticas

«Malditos bastardos»: La Valkiria de Tarantino

Un paseo por una realidad alternativa en la que la Segunda Guerra Mundial sirve a Quentin Tarantino como nuevo marco en el que desplegar su portentoso conocimiento del medio y mostrar una vez más su extraordinario acervo fílmico.

Francia, durante el primer año de ocupación alemana. El teniente Aldo Raine (Brad Pitt) reúne a un grupo de soldados con una única misión: aniquilar al mayor número posible de nazis con una brutalidad que haga que el espíritu del enemigo se estremezca con la sola mención del comando salvaje. A estas alturas, ya nadie duda de que Quentin Tarantino es un director imprescindible en el panorama actual, al margen de los odios y admiraciones que despierta en todo el mundo con sus propuestas. Y “Malditos bastardos” subraya esa verdad básicamente porque la película, auspiciada en este caso y por primera vez por una major y con una de las mayores estrellas del cine moderno al frente del reparto, no traiciona en absoluto el espíritu global de la filmografía del genial cineasta norteamericano, que no cede un ápice a las presiones que pudieran presuponerse por parte de la maquinaria de la industria yanqui.

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Reinterpretación tan hilarante como pulp y feroz de los avatares de la Segunda Guerra Mundial, el film dibuja una realidad no ya paralela, sino oblicua, en la que los personajes históricos y los creados por el realizador conviven con naturalidad y eficacia, una visceral y deliciosa fábula ─arranca la narración con el imprescindible “érase una vez…”─ en la que las pautas de la obra de Tarantino se mantienen e incluso se elevan a la enésima potencia, por la convivencia de subgéneros y el hermanamiento de fuentes referenciales ─en este sentido, es curioso que el clásico de Enzo Castellari de 1978 del que se extrae (casi) literalmente el título original no se vea reflejado en ningún momento─ que luce la trama. Cada capítulo tiene una entidad propia, ensamblada perfectamente en una maquinaria que discurre con fluidez alternando los (escasos, en el montante global) fogonazos de violencia extrema y explícita con las ya habituales ácidas peroratas implícitas a los roles que viven en el cine y el imaginario del director.

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Los bastardos son tan sólo una excusa para liberar toda la adrenalina creativa que alberga el director, de manera que Brad Pitt llega a quedar solapado e integrado a la perfección en un elenco espectacular, que tiene en un tremendo Christoph Waltz su mejor bastión a la hora de sobrecoger al palco en una trama que baila de lo liviano a lo extremadamente tenso con una espontaneidad difícil de asimilar. Un metraje hinchado, ligeramente superior a las dos horas media, pero que vuela en un suspiro divertido, palomitero, realista e imposible a un tiempo, que dinamita iconos intocables con una ferocidad tan grotesca que hace imposible la generación de polémica alguna, otra muestra más de la capacidad de Quentin Tarantino para trasladar su pasión a una platea siempre ávida de nuevas hazañas por su parte. Y es que esta peculiar Valkiria envuelta en un cuidadísimo y delicado velo de mimo técnico y formal, adornada con una banda sonora tan osada como maravillosa y ajustada, triunfa más allá de sus objetivos meramente estructurales y narrativos, asentando en Hollywood la concepción, ya definitiva e imponderable, de que aún queda un cineasta absolutamente libre.

Calificación: 8/10

En las imágenes: Fotogramas de “Malditos bastardos” © 2009 The Weinstein Company, Universal Pictures, A Band Apart y Zehnte Babelsberg Film. Fotos por François Duhamel. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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