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«Malditos bastardos»: Una venganza de celuloide

Críticas

«Malditos bastardos»: Una venganza de celuloide

Quentin Tarantino sobresale en su dominio de la imagen, los diálogos y la puesta en escena, en su empleo de la cinefilia y partitura para recrear géneros y llevarlos a su terreno, en un planteamiento meta-cinematográfico más allá de las referencias.

En Quentin Tarantino y en «Malditos bastardos» hay tanta venganza como cine, y eso no sólo en la propia historia sino también en el modo de representarla. Estamos en la Francia ocupada por las tropas alemanas, donde la barbarie de unos militares a la caza del judío se mezcla y confunde con la sed de venganza de un comando sin escrúpulos que sólo quiere matar nazis —les llaman ‘los bastardos’— y con quienes se toman la justicia por su mano. El director de «Kill Bill» —de la que aquí hay muchas resonancias— arma la historia en varios capítulos que le sirven para abordar los géneros cinematográficos e imprimir un tono de spaguetti-western al inicio, para seguir con el cine francés y terminar como filme bélico, siempre con el americano de los años cuarenta de telón de fondo y fuente de inspiración. El motor de todos los personajes es la venganza fría y despiadada, cruda y sangrienta, mientras que el cine se convierte en manos del director en instrumento para representar la violencia jugando con la realidad, pero alejándose de ella.

Ni en la puesta en escena ni en la interpretación hay un ápice de realismo, por más que algunos momentos repugnen —como la cruda operación de arrancar cabelleras— y lleven a apartar la vista a quienes tengan estómago delicado. Los personajes adoptan una pose ante la cámara y entran al juego de dominar el tiempo y la situación ante su oponente: su desafío en la mirada y su actitud son un reto que carga la escena de tensión y suspense, con silencios que preludian la tormenta hasta que sobreviene un estallido de violencia que descarga toda su munición sobre cuerpos convertidos en un charco de sangre. A la vez, Tarantino no duda en introducir insertos que presenten y expliquen a algunos personajes o en dirigir la mirada del espectador con flechas o iris que apunten a algún elemento del plano. El primer capítulo —lo mejor del filme, reminiscente de Sergio Leone— es ejemplar en el modo en que coloca y mueve sigilosamente la cámara, en una planificación que recoge miradas de temor y angustia frente a otras de prepotencia e inclemencia, en unos acordes de guitarra para acompañar el choque y desenlace fatal. Ese mismo proceso de gestación de la tensión y de cruce de miradas —auténticos duelos— se da una y otra vez con un perfecto dominio del tiempo fílmico, pero también con una repetición algo cansina en su parte intermedia, alargando la cinta innecesariamente.

Si el clima de odio y el estilo de representación están conseguidos, más logrado está aún el tono cómico de bastantes escenas —la que se da en la taberna, entre el juego y el drama—, impregnadas muchas de un tono paródico y caricaturesco en el que Hitler es un ser simple y patético, el coronel Hans Landa un individuo odioso en su malicia e inteligencia, o el teniente Aldo Raine alguien que no pierde ocasión para manifestar su altivez y determinación de mata-nazis. El resto de los personajes no está mucho más perfilado y todos carecen de un pasado que les dé profundidad y hondura psicológica —excepto Shosanna—, pero eso no le importa a Tarantino, que sólo pretende poner en danza a individuos regidos por pensamientos primarios y no precisamente por convicciones: en ese terreno de la comedia y la representación, son marionetas de sus pasiones, y así son mostrados mientras son conducidos hasta su sangriento destino.

Narrativamente, aparte de las mencionadas reiteraciones, no pueden ocultarse algunas costuras en un guión con puntos débiles, con una temerosa Shosanna que de pronto se vuelve audaz y decidida en su plan de venganza, un Landa dando un quiebro lleno de ingenuidad que nadie esperaría de tan sagaz e inteligente urdidor, o un inocente joven Zoller de reacciones inverosímiles en la cabina de cine. Con Brad Pitt a la cabeza del batallón, Diane Kruger de actriz-espía que da entrada al público en el mundillo del cine, y el sorprendente Christoph Waltz, premiado en Cannes como mejor actor, la película destaca por el dominio de la imagen, los diálogos y la puesta en escena que demuestra Tarantino, en su empleo de la cinefilia y partitura para recrear géneros y llevarlos a su terreno, en el juego de mezclar la realidad del doble complot con las dos películas que reproducen el mismo odio —disparos incluidos, que se acaban confundiendo—, en un planteamiento meta-cinematográfico que va más allá de las referencias a títulos, directores o actores alemanes célebres. Por eso, en esta escenificación de la violencia se citan el cine y el teatro —Ernst Lubitsch y «Ser o no ser» están también presentes de alguna manera—, para levantar una sentencia cómica pero condenatoria del nazismo y de quienes parecen imitarles en su caza de judíos, alemanes, negros o de cualquier persona… porque al final todos están «en el mismo saco», y serán quemados entre las llamas que prenderá el celuloide.

Calificación: 7/10

En las imágenes: Fotogramas de «Malditos bastardos» – Copyright © 2009 The Weinstein Company, Universal Pictures, A Band Apart y Zehnte Babelsberg Film. Fotos por François Duhamel. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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