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«Mapa de los sonidos de Tokio»: Pasión de diseño

Críticas

«Mapa de los sonidos de Tokio»: Pasión de diseño

«Mapa de los sonidos de Tokio» adolece de la falta de un propósito concreto, de una idea que sirva de unión en una cinta que, no lo olvidemos, se presenta con una grandilocuencia sentimental que, prácticamente, no se traslada a la pantalla.

Isabel Coixet viaja a una de sus geografías y culturas preferidas, la japonesa, tras el encargo, superado con nota, que fue su anterior cinta rodada en Estados Unidos, “Elegy”. Y el hecho de que en “Mapa de los sonidos de Tokio” se enfrente a un tema mucho más personal, acaba pesando como una losa en el resultado final.

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Lo que no se le puede negar a la directora catalana es su poderío visual. Y en este caso, además, un gusto por el detalle sonoro que se convierte, con diferencia, en lo mejor de la cinta. El problema reside en todo lo demás, en los materiales básicos para sostener cualquier apuesta estética: un guión que, en su obsesión por ser trascendente o espiritual, acaba rozando por momentos el ridículo (especialmente por esa voz en off de un personaje, el ingeniero de sonido, que va grabando la banda sonora cotidiana de la ciudad, de sus habitantes y especialmente de la protagonista, Rinko Kikuchi), y termina naufragando de manera estrepitosa en el plano interpretativo.

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Porque, sinceramente, ¿hay alguien que se pueda creer el arrebato de pasión entre Sergi López y la actriz japonesa? Si el objetivo era elevar la temperatura de la pantalla con esos encuentros en la habitación temática decorada como un vagón de metro, el resultado es negativo, cercano al cero absoluto. Si por el contrario, y por alguna estrategia estética, se trataba de ofrecer precisamente eso, escenas de nula carga sexual a pesar de los presuntamente atrevidos desnudos y diálogos, hay que decir que uno no sabe muy bien qué pintan en una película que, por otro lado, no hace más que ofrecer detalles aquí y allá que fracasan a la hora de componer un conjunto. Y el mismo hecho de que tengamos dudas sobre la verdadera intención de la directora habla a las claras de la falta de un propósito concreto, de una idea que sirva de unión en una cinta que, no lo olvidemos, se presenta con una grandilocuencia sentimental que, prácticamente, no se traslada a la pantalla.

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De todas maneras, no son defectos nuevos, porque ya en “Mi vida sin mí” o en “La vida secreta de las palabras” ocurría algo parecido. Pero parece como si esos lastres, en lugar de disminuir sus efectos, se hubieran multiplicado en la misma proporción en la que se desplegaba la carrera internacional de Isabel Coixet. Y no deja de ser una lástima cuando, eso no se le puede negar, hablamos de una de las directoras más capaces de mimar un plano, una secuencia, una iluminación, un detalle. Pero todo ello, por sí solo, no revela ninguna emoción, y finalmente su recorrido por la ciudad que dice amar queda demasiado cercano al pintoresquismo, hasta el punto de que uno de los pocos alicientes de la cinta (por momentos soporífera, algo imperdonable cuando se supone que nos quiere llevar hasta un final trágico e hiperromántico) reside en asomarnos a ese Tokio siempre extraño e impenetrable en nuestro imaginario. Y así, logra levantar algún momento muy hermoso, como todos los que transcurren en el cementerio, pero son esos destellos los que ponen aún más de relieve el fracaso total del conjunto. De hecho, podría decirse que pocos títulos se revelan tan acertados como el que luce este largometraje: el uso del sonido es fundamental, pero el problema es que termina convertido en un agradable y sugerente registro totalmente desconectado de lo que vemos, sin relieve ni significación alguna. La principal lástima, pues, es la sensación de que, con un buen guión escrito por otra mano que no fuera la suya, Coixet podría haber firmado una película más acorde con las que, al parecer, eran sus ambiciones.

Calificación: 3/10

En las imágenes: Escenas de «Mapa de los sonidos de Tokio» – Copyright © 2009 Mediapro y Versátil Cinema. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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