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«Mapa de los sonidos de Tokio»: Perdidos en la superficie

Críticas

«Mapa de los sonidos de Tokio»: Perdidos en la superficie

Isabel Coixet firma una poco original tragedia de desamor abandonada a los tópicos de la comida y el sexo, el carácter críptico oriental o la confrontación de culturas. Logra una cuidada planificación y un excelente sonido en la creación de atmósferas.

El «universo Coixet» está lleno de personajes con corazones rotos y heridas sin cicatrizar, de silencios dolorosos y miradas que hablan por sí solas, de emociones pudorosas que fluyen de las imágenes para diluirse en el entorno, de sentimientos tristes por la imposibilidad de amar al no haber llegado a tiempo o recibir la visita de la muerte. Su cine respira los misterios imprevisibles del amor y del dolor, y habla de secretos y anhelos bien guardados en el corazón de sus personajes, tocados siempre en lo más íntimo por la desgracia y tratando de sobrevivir en la marejada del desamor y la soledad. En «Mapa de los sonidos de Tokio», Isabel Coixet no se aparta de estas coordenadas y permanece en su pequeño mundo —no faltan la fotografía rota en pedazos o la lavadora de turno—, aunque aquí pierde esa sutil sensación vaporosa que sugiere y suscita la emoción interior… para abandonarse al subrayado narrativo o a la explicitud más superficial. Su última película es un thriller romántico de fuerte carga erótica y construcción desequilibrada, con algunos momentos de sensibilidad y otros de torpeza narrativa.

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Coixet y sus personajes parecen estar «lost in Japan», subyugados por la cultura nipona y los sentimientos sometidos tras un bello rostro inexpresivo y enigmático. El problema es que la directora catalana prefiere mostrarnos con unos insertos cuál es la pena que consume en secreto a Ryu —en el cementerio, mientras limpia las tumbas—, que recurre a la voz en off del técnico de sonido para narrar la historia hasta hacerse cansina y poco evocadora —y nada integrada en la historia central—, o que opta por la explicitud innecesaria y una excesiva morosidad en las escenas sexuales… para mostrar el vacío o dolor de la pareja de una manera plana y torpe. De esa manera, el espectador se ve conducido en la historia y sin libertad para sentir por sí mismo, intuye que hay tramas secundarias interesantes —la amistad con el técnico de sonido, la verdadera historia paterno-filial o la del amante indeciso—, pero también que ninguno de los secundarios está bien dibujado ni sus sentimientos bien recogidos. En cuanto a las escenas «financieras» —la inicial y la posterior de la reunión de directores— son prescindibles, mientras que las que nos pasean por el Tokio actual parecen obedecer a la fascinación de la directora por lo oriental.

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Falta hondura porque sobra explicación y porque Coixet abusa de una evocación que no encierra nostalgia ni llega a calar en el alma del espectador, porque confía el éxito del proyecto a una poco original tragedia de desamor, con venganza y redención incluidas, y porque se abandona a los tópicos de la comida y el sexo, el carácter críptico oriental o la confrontación de culturas. La película podría levantar el vuelo y ganar intimismo si las interpretaciones se cargaran de fuerza emotiva o dramática, pero Sergi López nunca transmite el dolor de quien ha perdido a su novia, ni su desorientación vital convence ni explica su comportamiento… por más que se nos diga que la sigue teniendo presente en el «hotel del amor»: su actuación se reduce a manifestar cansinamente su pesar —el doblaje tampoco ayuda, en su tono inexpresivo—, sin que su mirada ni corazón acompañen a la palabra… por lo que está mejor cuando permanece en silencio. Más humana se muestra Rinko Kikuchi aun en su enigmática actitud, pero resulta imposible no acordarse de Sarah Polley y de su facilidad para transmitir el dolor de su alma. No es creíble la relación Ryu-David y todo suena a artificioso —tanto el inicio como el desenlace—, provocado y sostenido por una ambientación esteticista que busca la tristeza y soledad, pero que no alcanza las cotas conseguidas en sus primeros trabajos y que está muy lejos de su admirado Wong Kar-wai.

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La calidad del sonido fue premiada en Cannes —donde la cinta pasó sin pena ni gloria— y quizá sea de lo mejor en su intento por crear atmósferas, si bien estas nunca llegan a ser reflejo del estado del espíritu de sus protagonistas. En cambio, Coixet sí consigue una cuidada planificación buscando recoger ese ánimo afectado por la muerte y la soledad, con planos que recuerdan a sus anteriores trabajos y que hablan de su gusto estético y oficio con la cámara, con travellings laterales que recuerdan al mencionado Kar-wai —al igual que algunos compases musicales, o el mismo tratamiento fotográfico—. Pero esos toques de sensibilidad artística no compensan un desequilibrio narrativo en el que la lentitud para que la historia avance no genera interioridad a los personajes, donde apenas hay nada que no hubiéramos visto ya antes, y donde los sonidos del amor y del dolor de un Tokio de neón son ocultados y desvitalizados por lo explícito y lo subrayado de la propuesta, para permanecer perdidos en la superficie.

Calificación: 4/10

Imágenes: Fotogramas de «Mapa de los sonidos de Tokio» – Copyright © 2009 Mediapro y Versátil Cinema. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

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