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«Memorias de un zombie adolescente»: Más vale muerto que vivo

Críticas

«Memorias de un zombie adolescente»: Más vale muerto que vivo

Copia de códigos estéticos del subgénero de zombies con filtros Instagram y suavizante a galones, una pareja lobotomizada y un mensaje cursi e ingenuo, efectivo para el público sentimental pero mortífero para el género infectado.

El fenómeno “Crepúsculo” admitió, en niveles sociológicos y narrativos, un abanico de lecturas diversas que podían tener que ver más o menos con una actitud predispuesta al hype o al desagrado. Una de ellas, en términos de puro género, podía entender la banalización del vampiro y el licántropo como una coincidencia azarosa, aunque ciertamente letal, de un esquema genérico ajeno en un escenario hasta entonces vedado. Resulta lícito que si numerosos maestros del terror, en todas sus formas artísticas, se han esforzado por llevar el pánico a territorios donde reinan la rutina, la comodidad, el fasto y el día, los creadores del mundo rosa tenían derecho a alzar la vista por encima de los palacios venecianos y las faldas escocesas, e ir hasta allí donde sólo reinaba la noche. El resultado, a pesar de esa primera concesión, era tan efectivo para el público sentimental como mortífero para el género infectado, y ése deberá ser el adjetivo más empleado a partir de ahora.

"Memorias de un zombie adolescente"

Porque los zombies de “Memorias de un zombie adolescente” (ver tráiler) no se preocupan por terminologías; es más, ni siquiera prestan atención al motivo de la catastrófica epidemia, en un rápido lavado de manos argumental que pretende equipararse con la amnesia del protagonista, R (Nicholas Hoult). Lo que no puede reclamar la película a ningún espectador con un mínimo de memoria y de simpatía por el zombie es que olvide todo lo que sabe, y todo lo que intuye azucarado de más en este “Romeo y Julieta” con déficit de atención e hiperglucemia. El paralelismo con la obra de Shakespeare es un desvío gratuito y apenas desarrollado, en la misma medida que la novela juvenil de Issac Mation se adscribía al panorama apocalíptico como un simple telón sobre el que aplicar una capa de pintura desinfectante. Pues un zombie dando o pidiendo un abrazo resulta el espectáculo más ridículo y risible de todo lo dantesco que puede ofrecer como personaje adalid de los horrores del nuevo milenio, y en R hay uno peor que ningún virus venido de un simio o de un murciélago tailandés: el del buenrollismo. La mala baba lanzada como una baraja en la secuencia de apertura, que insinuaba un parentesco con las refrescantes “Bienvenidos a Zombieland” (Ruben Fleischer, 2009) y “Zombies Party” (Edgar Wright, 2004), se queda en un apunte cómico perezoso que al final avanza como un salivazo lento y espeso colgando durante hora y media de las muy aleladas fisonomías de Hoult y Teresa Palmer, réplica rubia de Kristen Stewart.

"Memorias de un zombie adolescente"

La confianza de Jonathan Levine, aunque denote fe sin malicia, se revela poco incisiva en esta pareja insípida y tonta, en la teoría del zombi amante del vinilo y su metáfora como expresión de vida, en el refugio hogareño creado a partir de un decorado tradicionalmente dramático —la asociación trágica con las cabinas de avión abandonadas—, y en un diseño dual de muertos vivientes incapaces de ser tomados en serio. Si algo están demostrando las revisiones teen del panteón del miedo es que una copia de códigos estéticos con filtros Instagram y suavizante a galones —¿dónde quedan las obvias connotaciones necrófilas?— hace que el género abdique de su contenido para ofrecer a cambio una ameba apenas evolucionada. La infección pandémica realmente peligrosa es la que está transformando a criaturas del horror, que antes enternecían por ser ellas mismas, en terneros sin corazón, con leche condensada en vez de sangre, que piden a gritos que alguien los sacrifique.

Calificación: 2/10

Imágenes de “Memorias de un zombie adolescente (Warm bodies)” – Copyright © 2013 Make Movies, Summit Entertainment y Mandeville Films. Foto por Jonathan Wenk. Todos los derechos reservados.

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